El otro, el mismo (1964)}
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Tema: El otro, el mismo (1964)

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    Predeterminado El otro, el mismo (1964)

    Jorge Luis Borges reunió en El otro, el mismo los poemas escritos entre 1930 y 1967, con excepción de los publicados en El hacedor en 1960. El título expresa la idea del doble, que ya inspirara a otros grandes escritores, pero que Borges cifra en una conjetura: todos los hombres son el mismo hombre. Dice Octavio Paz: "Borges fue siempre el otro Borges desdoblado en otro Borges, hasta el infinito. [...] A través de variaciones prodigiosas y de repeticiones obsesivas, exploró sin cesar ese tema único: el hombre perdido en el laberinto de un tiempo hecho de cambios que son repeticiones, el hombre que se desvanece al contemplarse ante el espejo de la eternidad sin facciones [...] ...las obras del hombre y el hombre mismo no son sino configuraciones del tiempo evanescente... Era necesario que un gran poeta nos recordase que somos, juntamente, el arquero, la flecha y el blanco".* En la contratapa: *Octavio Paz, "El arquero, la flecha y el blanco: Jorge Luis Borges", revista Vuelta, 117, México, agosto de 1986. (Ed. Emecé)

    Prólogo
    Insomnio
    Two Englísh Poems
    La noche cíclica
    Del infierno y del cielo
    Poema conjetural
    Poema del cuarto elemento
    A un poeta menor de la Antología
    Página para recordar al coronel Suárez, vencedor en Junín
    Mateo, XXV, 30
    Una brújula
    Una llave en Salónica
    Un poeta del siglo XIII
    Un soldado de Urbina
    Límites
    Baltasar Gracián
    Un sajón (449 A.D.)
    El Golem
    El tango
    El otro
    Una rosa y Milton
    Lectores
    Juan, 1, 14
    El despertar
    A quien ya no es joven
    Alexander Selkirk
    Odisea, libro vigésimo tercero
    El
    Sarmiento
    A un poeta menor de 1899
    Texas
    Composición escrita en un ejemplar de la Gesta de Beowulf
    Hengist Cyning
    Fragmento
    A una espada en York Minster
    A un poeta sajón
    Snorri Sturluson (1179-1241)
    A Carlos XII
    Emanuel Swedenborg
    Jonathan Edwards (1703-1785)
    Emerson
    Edgar Allan Poe
    Camden, 1892
    París, 1856
    Rafael Cansinos-Assens
    Los enigmas
    El instante
    Al vino
    Soneto del vino
    1964
    El hambre
    El forastero
    A quien está leyéndome
    El alquimista
    Alguien
    Everness
    Ewigkeit
    Edipo y el enigma
    Spinoza
    España
    Elegía
    Adam Cast Forth
    A una moneda
    Otro poema de los dones
    Oda escrita en 1966
    El sueño
    Junín
    Un soldado de Lee (1862)
    El mar
    Una mañana de 1649
    A un poeta sajón
    Buenos Aires
    Buenos Aires
    Al hijo
    El puñal
    Los compadritos muertos
    Insomnio
    De fierro,
    de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche,
    para que no la revienten y la desfonden
    las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,
    las duras cosas que insoportablemente la pueblan.

    Mi cuerpo ha fatigado los niveles, las temperaturas, las luces:
    en vagones de largo ferrocarril,
    en un banquete de hombres que se aborrecen,
    en el filo mellado de los suburbios,
    en una quinta calurosa de estatuas húmedas,
    en la noche repleta donde abundan el caballo y el hombre.

    El universo de esta noche tiene la vastedad
    del olvido y la precisión de la fiebre.

    En vano quiero distraerme del cuerpo
    y del desvelo de un espejo incesante
    que lo prodiga y que lo acecha
    y de la casa que repite sus patios
    y del mundo que sigue hasta un despedazado arrabal
    de callejones donde el viento se cansa y de barro torpe.

    En vano espero
    las desintegraciones y los símbolos que preceden al sueño.

    Sigue la historia universal:
    los rumbos minuciosos de la muerte en las caries dentales,
    la circulación de mi sangre y de los planetas.

    (He odiado el agua crapulosa de un charco,
    he aborrecido en el atardecer el canto del pájaro.)

    Las fatigadas leguas incesantes del suburbio del Sur,
    leguas de pampa basurera y obscena, leguas de execración,
    no se quieren ir del recuerdo.

    Lotes anegadizos, ranchos en montón como perros, charcos de
    plata fétida:
    soy el aborrecible centinela de esas colocaciones inmóviles.
    Alambre, terraplenes, papeles muertos, sobras de Buenos Aires.

    Creo esta noche en la terrible inmortalidad:
    ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer, ningún
    muerto,
    porque esta inevitable realidad de fierro y de barro
    tiene que atravesar la indiferencia de cuantos estén dormidos o
    muertos
    -aunque se oculten en la corrupción y en los siglos-
    y condenarlos a vigilia espantosa.

    Toscas nubes color borra de vino infamarán el cielo;
    amanecerá en mis párpados apretados.


    La noche cíclica
    A Sylvina Bullrich
    Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
    los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
    los átomos fatales repetirán la urgente
    Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

    En edades futuras oprimirá el centauro
    con el casco solípedo el pecho del lapita;
    cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
    noche de su palacio fétido el minotauro.

    Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
    La mano que esto escribe renacerá del mismo
    vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
    (David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa.)

    No sé si volveremos en un ciclo segundo
    como vuelven las cifras de una fracción periódica;
    pero sé que una oscura rotación pitagórica
    noche a noche me deja en un lugar del mundo

    que es de los arrabales. Una esquina remota
    que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
    pero que tiene siempre una tapia celeste,
    una higuera sombría y una vereda rota.

    Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
    trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
    esta rosa apagada, esta vana madeja
    de calles que repiten los pretéritos nombres

    de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...
    Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
    las repúblicas, los caballos y las mañanas,
    las felices victorias, las muertes militares.

    Las plazas agravadas por la noche sin dueño
    son los patios profundos de un árido palacio
    y las calles unánimes que engendran el espacio
    son corredores de vago miedo y de sueño.

    Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
    vuelve a mi carne humana la eternidad constante
    y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
    «Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»



    Two English Poems

    I

    The useless dawn finds me in a deserted street-
    corner; I have outlived the night.
    Nights are proud waves; darkblue topheavy waves
    laden with all the hues of deep spoil, laden with
    things unlikely and desirable.
    Nights have a habit of mysterious gifts and refusals,
    of things half given away, half withheld,
    of joys with a dark hemisphere. Nights act
    that way, I tell you.
    The surge, that night, left me the customary shreds
    and odd ends: some hated friends to chat
    with, music for dreams, and the smoking of
    bitter ashes. The things my hungry heart
    has no use for.
    The big wave brought you.
    Words, any words, your laughter; and you so lazily
    and incessantly beautiful. We talked and you
    have forgotten the words.
    The shattering dawn finds me in a deserted street
    of my city.
    Your profile turned away, the sounds that go to
    make your name, the lilt of your laughter:
    these are the illustrious toys you have left me.
    I turn them over in the dawn, I lose them, I find
    them; I tell them to the few stray dogs and
    to the few stray stars of the dawn.
    Your dark rich life ...
    I must get at you, somehow; I put away those
    illustrious toys you have left me, I want your
    hidden look, your real smile -- that lonely,
    mocking smile your cool mirror knows.

    II

    What can I hold you with?
    I offer you lean streets, desperate sunsets, the
    moon of the jagged suburbs.
    I offer you the bitterness of a man who has looked
    long and long at the lonely moon.
    I offer you my ancestors, my dead men, the ghosts
    that living men have honoured in bronze:
    my father's father killed in the frontier of
    Buenos Aires, two bullets through his lungs,
    bearded and dead, wrapped by his soldiers in
    the hide of a cow; my mother's grandfather
    --just twentyfour-- heading a charge of
    three hundred men in Peru, now ghosts on
    vanished horses.
    I offer you whatever insight my books may hold,
    whatever manliness or humour my life.
    I offer you the loyalty of a man who has never
    been loyal.
    I offer you that kernel of myself that I have saved,
    somehow --the central heart that deals not
    in words, traffics not with dreams, and is
    untouched by time, by joy, by adversities.
    I offer you the memory of a yellow rose seen at
    sunset, years before you were born.
    I offer you explanations of yourself, theories about
    yourself, authentic and surprising news of
    yourself.
    I can give you my loneliness, my darkness, the
    hunger of my heart; I am trying to bribe you
    with uncertainty, with danger, with defeat.


    (1934)


    Del Infierno y del Cielo
    El Infierno de Dios no necesita
    el esplendor del fuego. Cuando el Juicio
    Universal retumbe en las trompetas
    y la tierra publique sus entrañas
    y resurjan del polvo las naciones
    para acatar la Boca inapelable,
    los ojos no verán los nueve círculos
    de la montaña inversa; ni la pálida
    pradera de perennes asfodelo
    s donde la sombra del arquero sigue
    la sombra de la corza, eternamente;
    ni la loba de fuego que en el ínfimo
    piso de los infiernos musulmanes
    es anterior a Adán y a los castigos;
    ni violentos metales, ni siquiera
    la visible tiniebla de Juan Milton.
    No oprimirá un odiado laberinto
    de triple hierro y fuego doloroso
    las atónitas almas de los réprobos.

    Tampoco el fondo de los años guarda
    un remoto jardín. Dios ni quiere
    para alegrar los méritos del justo,
    orbes de luz, concéntricas teorías
    de tronos, potestades, querubines,
    ni el espejo ilusorio de la música
    n¡ las profundidades de la rosa
    ni el esplendor aciago de uno solo
    de Sus tigres, ni la delicadeza
    de un ocaso amarillo en el desierto
    ni el antiguo, natal sabor del agua.
    En Su misericordia no hay jardines
    ni luz de una esperanza o de un recuerdo.

    En el cristal de un sueño he vislumbrado
    el Cielo y el Infierno prometidos:
    cuando el juicio retumbe en las trompetas
    últimas y el planeta milenario
    sea obliterado y bruscamente cesen
    ¡oh Tiempo! tus efímeras pirámides,
    los colores y líneas del pasado
    definirán en la tiniebla un rostro
    durmiente, inmóvil, fiel, inalterable
    (tal vez el de la amada, quizá el tuyo)
    y la contemplación de ese inmediato
    rostro incesante, intacto, incorruptible,
    será para los réprobos, Infierno;
    para los elegidos, Paraíso.

    1942

    Poema conjetural
    El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:
    Zumban las balas en la tarde última.
    Hay viento y hay cenizas en el viento,
    se dispersan el día y la batalla
    deforme, y la victoria es de los otros.
    Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
    Yo, que estudié las leyes y los cánones,
    yo, Francisco Narciso de Laprida,
    cuya voz declaró la independencia
    de estas crueles provincias, derrotado,
    de sangre y de sudor manchado el rostro,
    sin esperanza ni temor, perdido,
    huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
    Como aquel capitán del Purgatorio
    que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
    fue cegado y tumbado por la muerte
    donde un oscuro río pierde el nombre,
    así habré de caer. Hoy es el término.
    La noche lateral de los pantanos
    me acecha y me demora. Oigo los cascos
    de mi caliente muerte que me busca
    con jinetes, con belfos y con lanzas.
    Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
    de sentencias, de libros, de dictámenes
    a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
    pero me endiosa el pecho inexplicable
    un júbilo secreto. Al fin me encuentro
    con mi destino sudamericano.
    A esta ruinosa tarde me llevaba
    el laberinto múltiple de pasos
    que mis días tejieron desde un día
    de la niñez. Al fin he descubierto
    la recóndita clave de mis años,
    la suerte de Francisco de Laprida,
    la letra que faltaba, la perfecta
    forma que supo Dios desde el principio.
    En el espejo de esta noche alcanzo
    mi insospechado rostro eterno. El círculo
    se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

    Pisan mis pies la sombra de las lanzas
    que me buscan. Las befas de mi muerte,
    los jinetes, las crines, los caballos,
    se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
    ya el duro hierro que me raja el pecho,
    el íntimo cuchillo en la garganta.


    Poema del cuarto elemento
    El Dios a quien un hombre de la estirpe de Atreo
    apresó en una playa que el bochorno lacera,
    se convirtió en león, en dragón, en pantera,
    en un árbol y en agua. Porque el agua es Proteo.

    Es la nube, la irrecordable nube, es la gloria
    del ocaso que ahonda, rojo, los arrabales;
    es el Maelström que tejen los vórtices glaciales,
    y la lágrima inútil que doy a tu memoria.

    Fue, en las cosmogonías, el origen secreto
    de la tierra que nutre, del fuego que devora,
    de los dioses que rigen el poniente y la aurora.
    (Así lo afirman Séneca y Tales de Mileto.)

    El mar y la moviente montaña que destruye
    a la nave de hierro sólo son tus anáforas,
    y el tiempo irreversible que nos hiere y que huye,
    agua, no es otra cosa que una de tus metáforas.

    Fuiste, bajo ruinosos vientos, el laberinto
    sin muros ni ventana, cuyos caminos grises
    largamente desviaron al anhelado Ulises,
    de la Muerte segura y el Azar indistinto.

    Brillas como las crueles hojas de los alfanjes,
    hospedas, como el sueño, monstruos y pesadillas.
    Los lenguajes del hombre te agregan maravillas
    y tu fuga se llama el Éufrates o el Ganges.

    (Afirman que es sagrada el agua del postrero,
    pero como los mares urden oscuros canjes
    y el planeta es poroso, también es verdadero
    afirmar que todo hombre se ha bañado en el Ganges.)

    De Quincey, en el tumulto de los sueños,
    ha visto empedrarse tu océano de rostros, de naciones;
    has aplacado el ansia de las generaciones,
    has lavado la carne de mi padre y de Cristo.

    Agua, te lo suplico. Por este soñoliento
    nudo de numerosas palabras que te digo,
    acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo.
    No faltes a mis labios en el postrer momento.


    A un poeta menor de la Antología
    ¿Dónde está la memoria de los días
    que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
    dicha y dolor y fueron para ti el universo?

    El río numerable de los años
    los ha perdido; eres una palabra en un índice.

    Dieron a otros gloria interminable los dioses,
    inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;
    de ti sólo sabemos, oscuro amigo,
    que oíste al ruiseñor, una tarde.

    Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
    pensará que los dioses han sido avaros.

    Pero los días son una red de triviales miserias,
    ¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
    de que está hecho el olvido?

    Sobre otros arrojaron los dioses
    la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas,
    de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera;
    contigo fueron más piadosos, hermano.

    En el éxtasis de un atardecer que no será una noche,
    oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.


    Una brújula
    Todas las cosas son palabras del
    idioma en que Alguien o Algo, noche y día,
    escribe esa infinita algarabía
    que es la historia del mundo.En su tropel

    pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,
    mi vida que no entiendo, esta agonía
    de ser enigma, azar, criptografía
    y toda la discordia de Babel.

    Detrás del nombre hay lo que no se nombra;
    hoy he sentido gravitar su sombra
    en esta aguja azul, lúcida y leve,

    que hacia el confín de un mar tiende su empeño,
    con algo de reloj visto en un sueño
    y algo de ave dormida que se mueve.


    Una llave en Salónica
    Abarbanel, Farías o Pinedo,
    arrojados de España por impía
    persecución, conservan todavía
    la llave de una casa de Toledo.

    Libres ahora de esperanza y miedo,
    miran la llave al declinar el día;
    en el bronce hay ayeres, lejanía,
    cansado brillo y sufrimiento quedo.

    Hoy que su puerta es polvo, el instrumento
    es cifra de la diáspora y del viento,
    afín a esa otra llave del santuario

    que alguien lanzó al azul cuando el romano
    acometió con fuego temerario,
    y que en el cielo recibió una mano.


    Limites
    De estas calles que ahondan el poniente,
    una habrá (no sé cuál) que he recorrido
    ya por última vez, indiferente
    y sin adivinarlo, sometido

    a Quién prefija omnipotentes normas
    y una secreta y rígida medida
    a las sombras, los sueños y las formas
    que destejen y tejen esta vida.

    Si para todo hay término y hay tasa
    y última vez y nunca más y olvido
    ¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
    sin saberlo, nos hemos despedido?

    Tras el cristal ya gris la noche cesa
    y del alto de libros que una trunca
    sombra dilata por la vaga mesa,
    alguno habrá que no leeremos nunca.

    Hay en el Sur más de un portón gastado
    con sus jarrones de mampostería
    y tunas, que a mi paso está vedado
    como si fuera una litografía.

    Para siempre cerraste alguna puerta
    y hay un espejo que te aguarda en vano;
    la encrucijada te parece abierta
    y la vigila, cuadrifronte, Jano.

    Hay, entre todas tus memorias, una
    que se ha perdido irreparablemente;
    no te verán bajar a aquella fuente
    ni el blanco sol ni la amarilla luna.

    No volverá tu voz a lo que el persa
    dijo en su lengua de aves y de rosas,
    cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
    quieras decir inolvidables cosas.

    ¿Y el incesante Ródano y el lago,
    todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
    Tan perdido estará como Cartago
    que con fuego y con sal borró el latino.

    Creo en el alba oír un atareado
    rumor de multitudes que se alejan;
    son lo que me ha querido y olvidado;
    espacio y tiempo y Borges ya me dejan.


    Baltasar Gracián
    Laberintos, retruécanos, emblemas,
    helada y laboriosa nadería,
    fue para este jesuita la poesía,
    reducida por él a estratagemas.

    No hubo música en su alma; sólo un vano
    herbario de metáforas y argucias
    y la veneración de las astucias
    y el desdén de lo humano y sobrehumano.

    No lo movió la antigua voz de Homero
    ni esa, de plata y luna, de Virgilio;
    no vio al fatal Edipo en el exilio
    ni a Cristo que se muere en un madero.

    A las claras estrellas orientales
    que palidecen en la vasta aurora,
    apodó con palabra pecadora
    gallinas de los campos celestiales.

    Tan ignorante del amor divino
    como del otro que en las bocas arde,
    lo sorprendió la Pálida una tarde
    leyendo las estrofas del Marino.

    Su destino ulterior no está en la historia;
    librado a las mudanzas de la impura
    tumba el polvo que ayer fue su figura,
    el alma de Gracián entró en la gloria.

    ¿Qué habrá sentido al contemplar de frente
    los Arquetipos y los Esplendores?
    quizá lloró y se dijo: Vanamente
    busqué alimento en sombras y en errores.

    ¿Qué sucedió cuando el inexorable
    sol de Dios, La Verdad, mostró su fuego?
    Quizá la luz de Dios lo dejó ciego
    en mitad de la gloria interminable.

    Sé de otra conclusión. Dado a sus temas
    minúsculos, Gracián no vio la gloria
    y sigue resolviendo en la memoria
    laberintos, retruécanos y emblemas.


    El Golem
    Si (como el griego afirma en el Cratilo)
    El nombre es arquetipo de la cosa,
    En las letras de rosa está la rosa
    Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

    Y, hecho de consonantes y vocales,
    Habrá un terrible Nombre, que la esencia
    Cifre de Dios y que la Omnipotencia
    Guarde en letras y sílabas cabales.

    Adán y las estrellas lo supieron
    En el Jardín. La herrumbre del pecado
    (Dicen los cabalistas) lo ha borrado
    Y las generaciones lo perdieron.

    Los artificios y el candor del hombre
    No tienen fin. Sabemos que hubo un día
    En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
    En las vigilias de la judería.

    No a la manera de otras que una vaga
    Sombra insinúan en la vaga historia,
    Aún está verde y viva la memoria
    De Judá Leon, que era rabino en Praga.

    Sediento de saber lo que Dios sabe,
    Judá León se dio a permutaciones
    de letras y a complejas variaciones
    Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.

    La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
    Sobre un muñeco que con torpes manos
    labró, para enseñarle los arcanos
    De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

    El simulacro alzó los soñolientos
    Párpados y vio formas y colores
    Que no entendió, perdidos en rumores
    Y ensayó temerosos movimientos.

    Gradualmente se vio (como nosotros)
    Aprisionado en esta red sonora
    de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
    Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

    (El cabalista que ofició de numen
    A la vasta criatura apodó Golem;
    Estas verdades las refiere Scholem
    En un docto lugar de su volumen.)

    El rabí le explicaba el universo
    "Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."
    Y logró, al cabo de años, que el perverso
    Barriera bien o mal la sinagoga.

    Tal vez hubo un error en la grafía
    O en la articulación del Sacro Nombre;
    A pesar de tan alta hechicería,
    No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,

    Sus ojos, menos de hombre que de perro
    Y harto menos de perro que de cosa,
    Seguían al rabí por la dudosa
    penumbra de las piezas del encierro.

    Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
    Ya que a su paso el gato del rabino
    Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
    Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

    Elevando a su Dios manos filiales,
    Las devociones de su Dios copiaba
    O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
    En cóncavas zalemas orientales.

    El rabí lo miraba con ternura
    Y con algún horror. ¿Como (se dijo)
    Pude engendrar este penoso hijo
    Y la inacción dejé, que es la cordura?

    Por qué di en agregar a la infinita
    Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
    Madeja que en lo eterno se devana,
    Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

    En la hora de angustia y de luz vaga,
    En su Golem los ojos detenía.
    ¿Quién nos dirá las cosas que sentía
    Dios, al mirar a su rabino en Praga?

    1958

    El tango

    ¿Dónde estarán? pregunta la elegía
    de quienes ya no son, como si hubiera
    una región en que el Ayer, pudiera
    ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.

    ¿Dónde estarán? (repito) el malevaje
    que fundó en polvorientos callejones
    de tierra o en perdidas poblaciones
    la secta del cuchillo y del coraje?


    ¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
    dejando a la epopeya un episodio,
    una fábula al tiempo, y que sin odio,

    lucro o pasión de amor se acuchillaron?

    Los busco en su leyenda, en la postrera

    brasa que, a modo de una vaga rosa,
    guarda algo de esa chusma valerosa

    de Los Corrales y de Balvanera.

    ¿Qué oscuros callejones o qué yermo

    del otro mundo habitará la dura
    sombra de aquel que era una sombra oscura,
    Muraña, ese cuchillo de Palermo?


    ¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos

    se apiaden) que en un puente de la vía,
    mató a su hermano, el Ñato, que debía
    más muertes que él, y así igualo los tantos?

    Una mitología de puñales

    lentamente se anula en el olvido;
    Una canción de gesta se ha perdido
    entre sórdidas noticias policiales.


    Hay otra brasa, otra candente rosa
    de la ceniza que los guarda enteros;
    Ahí están los soberbios cuchilleros
    y el peso de la daga silenciosa.


    Aunque la daga hostil o esa otra daga,

    el tiempo, los perdieron en el fango,
    hoy, más allá del tiempo y de la aciaga

    muerte, esos muertos viven en el tango.

    En la música están, en el cordaje
    de la terca guitarra trabajosa,
    que trama en la milonga venturosa
    la fiesta y la inocencia del coraje.


    Gira en el hueco la amarilla rueda

    de caballos y leones, y oigo el eco
    de esos tangos de Arolas y de Greco
    que yo he visto bailar en la vereda,


    en un instante que hoy emerge aislado,
    sin antes ni después, contra el olvido,
    y que tiene el sabor de lo perdido,

    de lo perdido y lo recuperado.

    En los acordes hay antiguas cosas:
    el otro patio y la entrevista parra.
    (Detrás de las paredes recelosas

    el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

    Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
    los atareados años desafía;
    Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura

    menos que la liviana melodía,

    que solo es tiempo. El Tango crea un turbio

    pasado irreal que de algún modo es cierto,
    el recuerdo imposible de haber muerto

    peleando, en una esquina del suburbio.


    El otro

    EN EL PRIMERO de sus largos miles
    de hexámetros de bronce invoca el griego
    a la ardua musa o a un arcano fuego
    para cantar la cólera de Aquiles.
    Sabía que otro -un Dios- es el que hiere
    de brusca luz nuestra labor oscura;
    siglos después diría la Escritura
    que el Espíritu sopla donde quiere.
    La cabal herramienta a su elegido
    da el despiadado dios que no se nombra:
    a Milton las paredes de la sombra,
    el destierro a Cervantes y el olvido.
    Suyo es lo que perdura en la memoria
    del tiempo secular. Nuestra la escoria.



    Una rosa y Milton
    De las generaciones de las rosas
    que en el fondo del tiempo se han perdido
    quiero que una se salve del olvido,
    una sin marca o signo entre las cosas

    que fueron. El destino me depara
    este don de nombrar por vez primera
    esa flor silenciosa, la postrera
    rosa que Milton acercó a su cara,

    sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
    o blanca rosa de un jardín borrado,
    deja mágicamente tu pasado

    inmemorial y en este verso brilla,
    oro, sangre o marfil o tenebrosa
    como en sus manos, invisible rosa.


    Lectores
    De aquel hidalgo de cetrina y seca
    tez y de heroico afán se conjetura
    que, en víspera perpetua de aventura,
    no salió nunca de su biblioteca.

    La crónica puntual que sus empeños
    narra y sus tragicómicos desplantes
    fue soñada por él, no por Cervantes,
    y no es más que una crónica de sueños.

    Tal es también mi suerte. Sé que hay algo
    inmortal y esencial que he sepultado
    en esa biblioteca del pasado

    en que leí la historia del hidalgo.
    Las lentas hojas vuelve un niño y grave
    sueña con vagas cosas que no sabe.


    Juan, 1, 14
    Refieren las historias orientales
    La de aquel rey del tiempo, que sujeto
    A tedio y esplendor, sale en secreto
    Y solo, a recorrer los arrabales
    Y a perderse en la turba de las gentes
    De rudas manos y de oscuros nombres;
    Hoy, como aquel Emir de los Creyentes,
    Harún, Dios quiere andar entre los hombres
    Y nace de una madre, como nacen
    Los linajes que en polvo se deshacen,
    Y le será entregado el orbe entero,
    Aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
    Pero después la sangre del martirio,
    El escarnio, los clavos y el madero.


    Odisea, libro vigésimo tercero
    Ya la espada de hierro ha ejecutado
    La debida labor de la venganza;
    Ya los ásperos dardos y la lanza
    La sangre dcl perverso han prodigado.
    A despecho de un dios y de sus mares
    A su reino y su reina ha vuelto Ulises,
    A despecho de un dios y de los grises
    Vientos y dcl estrépito de Ares.
    Ya en el amor del compartido lecho
    Duerme la clara reina sobré el pecho
    De su rey pero ¿dónde está aquel hombre
    Que en los días y noches del destierro
    Erraba por el mundo como un perro
    Y decía que Nadie era su nombre?


    A un poeta menor de 1899

    Dejar un verso para la hora triste
    Que el confín del día nos acecha,
    Ligar tu nombre a su doliente fecha
    De oro y de vaga sombra. Eso quisiste.
    ¡Con qué pasión, al declinar el día,
    Trabajarías en extraño verso
    Que, hasta la dispersión del universo,
    La hora de extraño azul confirmaría!
    No sé si lo lograste ni siquiera,
    Vago hermano mayor, si has existido,
    Pero estoy solo y quiero que el olvido
    Restituya a los días tu ligera
    Sombra para este ya cansado alarde
    De unas palabras en que esté la tarde.



    Texas

    Aquí también. Aquí como en el otro
    Confín del continente, el infinito
    Campo en que muere solitario el grito;
    Aquí también el indio, el lazo, el potro.
    Aquí también el pájaro secreto
    Que sobre los fragores de la historia
    Canta para una tarde y su memoria;
    Aquí también el místico alfabeto
    De los astros, que hoy dictan a mi cálamo
    Nombres que el incesante laberinto
    De los días no arrastra: San Jacinto
    Y esas otras Termópilas, el Álamo.
    Aquí también esa desconocida
    Y anciana y breve cosa que es la vida.

    Fragmento
    Una espada,
    Una espada de hierro forjada en el frío del alba.
    Una espada con runas
    Que nadie podrá desoír ni descifrar del todo,
    Una espada del Báltico que será cantada en Nortumbria,
    Una espada que los poetas
    Igualarán al hielo y al fuego,
    Una espada que un rey dará a otro rey
    Y este rey a un sueño,
    Una espada que será leal
    Hasta una hora que ya sabe el Destino,
    Una espada que iluminará la batalla.

    Una espada para la mano
    Que regirá la hermosa batalla, el tejido de hombres,
    Una espada para la mano
    Que enrojecerá los dientes del lobo
    Y el despiadado pico del cuervo,
    Una espada para la mano
    Que prodigará el oro rojo,
    Una espada para la mano
    Que dará muerte a la serpiente en su lecho de oro,
    Una espada para la mano
    Que ganará un reino y perderá un reino,
    Una espada para la mano
    Que derribará la selva de lanzas.
    Una espada para la mano de Beowulf.


    A un poeta sajón
    Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
    pesó como la nuestra sobre la tierra,
    tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
    tú que viniste no en el rígido ayer
    sino en el incesante presente,
    en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
    tú que en tu monasterio fuiste llamado
    por la antigua voz de la épica,
    tú que tejiste las palabras,
    yú que cantaste la victoria de Brunanburh
    y no la atribuiste al Señor
    sino a la espada de tu rey,
    tú que con júbilo feroz cantaste,
    la humillación del viking,
    el festín del cuervo y del águila,
    tú que en la oda militar congregaste
    las rituales metáforas de la estirpe,
    tú que en un tiempo sin historia
    viste en el ahora el ayer
    y en el sudor y sangre de Brunanburh
    un cristal de antiguas auroras,
    tú que tanto querías a tu Inglaterra
    y no la nombraste,
    hoy no eres otra cosa que unas palabras
    que los germanistas anotan.
    Hoy no eres otra cosa que mi voz
    cuando revive tus palabras de hierro.

    Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
    que mis días merezcan el olvido,
    que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
    pero que algún verso perdure
    en la noche propicia a la memoria
    o en las mañanas de los hombres.


    Emerson
    Ese alto caballero americano
    cierra el volumen de Montaigne
    y sale en busca de un goce
    que no vale menos
    la tarde que ya exalta el llano
    hacia el hondo poniente y su declive
    hacia el confin que ese poniente dora
    camina por los campos como ahora
    por la memoria de quien esto escribe
    Piensa: lei los libros esenciales
    y otros compuse
    que el oscuro olvido no ha de borrar
    un dios me ha concedido
    todo lo que es dado saber a los mortales
    por todo el continente anda mi nombre
    no he vivido
    quisiera ser otro hombre.

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    Edgar Allan Poe
    Pompas del mármol, negra anatomía
    Que ultrajan los gusanos sepulcrales,
    Del triunfo de la muerte los glaciales
    Símbolos congregó. No los temía.
    Temía la otra sombra, la amorosa,
    Las comunes venturas de la gente;
    No lo cegó el metal resplandeciente
    Ni el mármol sepulcral sino la rosa.
    Como del otro lado del espejo
    Se entregó solitario a su complejo
    Destino de inventor de pesadillas.
    Quizá, del otro lado de la muerte,
    Siga erigiendo solitario y fuerte
    Espléndidas y atroces maravillas.


    Camdem, 1892
    El olor del café y de los periódicos.
    El domingo y su tedio.
    La mañana y en la entrevista
    página esa vana publicación de versos alegóricos
    de un colega feliz.
    El hombre viejo está postrado y blanco
    en su decente habitación de pobre.
    Ociosamente mira su cara
    en el cansado espejo.
    Piensa, ya sin asombro, que esa cara es él.
    La distraida mano toca
    la turbia barba y la saqueada boca.
    No está lejos el fin.
    Su voz declara: casi no soy
    pero mis versos ritman
    la vida y su esplendor.
    Yo fui Walt Whitman.

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    Los enigmas
    Yo que soy el que ahora está cantando
    Seré mañana el misterioso, el muerto,
    El morador de un mágico y desierto
    Orbe sin antes ni después ni cuándo.
    Así afirma la mística. Me creo
    Indigno del Infierno o de la Gloria,
    Pero nada predigo. Nuestra historia
    Cambia como las formas de Proteo.
    ¿Qué errante laberinto, qué blancura
    Ciega de resplandor será mi suerte,
    Cuando me entregue el fin de esta aventura
    La curiosa experiencia de la muerte?
    Quiero beber su cristalino Olvido,
    Ser para siempre; pero no haber sido.


    El instante
    ¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
    de espadas que los tártaros soñaron,
    dónde los fuertes muros que allanaron,
    dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?

    El presente está solo. La memoria
    erige el tiempo. Sucesión y engaño
    es la rutina del reloj. El año
    no es menos vano que la vana historia.

    Entre el alba y la noche hay un abismo
    de agonías, de luces, de cuidados;
    el rostro que se mira en los gastados

    espejos de la noche no es el mismo.
    El hoy fugaz es tenue y es eterno;
    otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.


    Al vino
    En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
    Negro vino que alegras el corazón del hombre.

    Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
    Desde el ritón del griego al cuerno del germano.

    En la aurora ya estabas. A las generaciones
    Les diste en el camino tu fuego y tus leones.

    Junto a aquel otro río de noches y de días
    Corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías,

    Vino que como un Éufrates patriarcal y profundo
    Vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.

    En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
    Una roja metáfora de la sangre de Cristo.

    En las arrebatadas estrofas del sufí
    Eres la cimitarra, la rosa y el rubí.

    Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;
    Yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.

    Sésamo con el cual antiguas noches abro
    Y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.

    Vino del mutuo amor o la roja pelea,
    Alguna vez te llamaré. Que así sea.


    Soneto del vino
    ¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
    conjunción de los astros, en qué secreto día
    que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
    y singular idea de inventar la alegría?

    Con otoños de oro la inventaron. El vino
    fluye rojo a lo largo de las generaciones
    como el río del tiempo y en el arduo camino
    nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

    En la noche del júbilo o en la jornada adversa
    exalta la alegría o mitiga el espanto
    y el ditirambo nuevo que este día le canto

    otrora lo cantaron el árabe y el persa.
    Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
    como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.


    1964
    I
    Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
    Ya no compartirás la clara luna
    ni los lentos jardines. Ya no hay una
    luna que no sea espejo del pasado,

    cristal de soledad, sol de agonías.
    Adiós las mutuas manos y las sienes
    que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
    la fiel memoria y los desiertos días.

    Nadie pierde (repites vanamente)
    sino lo que no tiene y no ha tenido
    nunca, pero no basta ser valiente

    para aprender el arte del olvido.
    Un símbolo, una rosa, te desgarra
    y te puede matar una guitarra.

    II
    Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
    Hay tantas otras cosas en el mundo;
    un instante cualquiera es más profundo
    y diverso que el mar. La vida es corta

    y aunque las horas son tan largas, una
    oscura maravilla nos acecha,
    la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
    que nos libra del sol y de la luna

    y del amor. La dicha que me diste
    y me quitaste debe ser borrada;
    lo que era todo tiene que ser nada.

    Sólo que me queda el goce de estar triste,
    esa vana costumbre que me inclina
    al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.


    El hambre
    Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra,
    borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.

    Tú que arrojaste al círculo del horizonte abierto
    la alta proa del viking, las lanzas del desierto.

    En la Torre del Hambre de Ugolino de Pisa
    tienes tu monumento y en la estrofa concisa

    que nos deja entrever (sólo entrever) los días
    últimos y en la sombra que cae las agonías.

    Tú que de tus pinares haces que surja el lobo
    y guiaste la mano de Jean Valjean al robo.

    Una de tus imágenes es aquel silencioso
    Dios que devora el orbe sin ira y sin reposo,

    el tiempo. Hay otra diosa de tinieblas y de osambre;
    su lecho es la vigilia y su pan es el hambre.

    Tú que a Chatterton diste la muerte en la bohardilla
    entre los falsos códices y la luna amarilla.

    Tú que entre el nacimiento del hombre y su agonía
    pides en la oración el pan de cada día.

    Tú cuya lenta espada roe generaciones
    y sobre los testuces lanzas los leones.

    Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra,
    borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.


    El forastero

    Despachadas las cartas y el telegrama,
    camina por las calles indefinidas
    y advierte leves diferencias que no le importan
    Y piensa en Aberdeen o en Leyden,
    más vívidas para él este laberinto

    de líneas rectas, no de complejidad,
    donde lo lleva el tiempo de un hombre
    cuya verdadera vida esta lejos.
    En una habitación numerada

    se afeitará después ante un espejo
    Que no volverá a reflejarlo

    y le parecerá que ese rostro
    es más inescrutable y más firme
    que el alma que lo habita
    y que a lo largo de los años lo labra.
    Se cruzará contigo en una calle
    y acaso notarás que es alto y gris
    y que mira las cosas.
    Una mujer indiferente
    le ofrecerá la tarde y lo que pasa
    del otro lado de las puertas. El hombre
    piensa que olvidará su cara y recordará,
    años después, cerca del mar del Norte,
    la persiana o la lámpara.
    Esa noche, sus ojos contemplarán
    un rectángulo de formas que fueron,
    al jinete y su épica llanura,
    porque el Far West abarca el planeta
    y se espeja en los sueños de los hombres
    que nunca lo han pisado.
    En la numerosa penumbra, el desconocido
    se creerá en su ciudad
    y lo sorprenderá salir a otra,
    de otro lenguaje y de otro cielo.


    Antes de la agonía,
    el infierno y la gloria nos están dados;
    andan ahora por la ciudad, Buenos Aires,
    que para el forastero de mi sueño
    (el forastero que yo he sido bajo otros astros)
    es una serie de imprecisas imágenes
    hechas para el olvido.



    A quien está leyendome

    Eres invulnerable. ¿No te han dado
    los números que rigen tu destino
    certidumbre de polvo? ¿No es acaso
    tu irreversible tiempo el de aquél río
    en cuyo espejo Heráclito vio el símbolo
    de su fugacidad? Te espera el mármol
    que no leerás. En él ya están escritos
    la fecha, la ciudad y el epitafio.
    Sueños del tiempo son también los otros,
    no firme bronce ni acendrado oro;
    el universo es como tú, Proteo.
    Sombra, irás a la sombra que te aguarda
    fatal en el confín de tu jornada;
    piensa que de algún modo ya estás muerto.


    El alquimista
    Lento en el alba un joven que han gastado
    La larga reflexión y las avaras
    Vigilias considera ensimismado
    Los insomnes braseros y alquitaras.

    Sabe que el oro, ese Proteo, acecha
    Bajo cualquier azar, como el destino;
    Sabe que está en el polvo del camino,
    En el arco, en el brazo y en la flecha.

    En su oscura visión de un ser secreto
    Que se oculta en el astro y en el lodo,
    Late aquel otro sueño de que todo
    Es agua, que vio Tales de Mileto.

    Otra visión habrá; la de un eterno
    Dios cuya ubicua faz es cada cosa,
    Que explicará el geométrico Spinoza
    En un libro más arduo que el Averno...

    En los vastos confines orientales
    Del azul palidecen los planetas,
    El alquimista piensa en las secretas
    Leyes que unen planetas y metales.

    Y mientras cree tocar enardecido
    El oro aquél que matará la Muerte.
    Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
    En polvo, en nadie, en nada y en olvido.


    Alguien
    Un hombre trabajado por el tiempo,
    un hombre que ni siquiera espera la muerte
    (las pruebas de la muerte son estadísticas
    y nadie hay que no corra el albur
    de ser el primer inmortal),
    un hombre que ha aprendido a agradecer
    las modestas limosnas de los días:
    el sueño, la rutina, el sabor del agua,
    una no sospechada etimología,
    un verso latino o sajón,
    la memoria de una mujer que lo ha abandonado
    hace ya tantos años
    que hoy puede recordarla sin amargura,
    un hombre que no ignora que el presente
    ya es el porvenir y el olvido,
    un hombre que ha sido desleal
    y con el que fueron desleales,
    puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
    una misteriosa felicidad
    que no viene del lado de la esperanza
    sino de una antigua inocencia,
    de su propia raíz o de un dios disperso.

    Sabe que no debe mirarla de cerca,
    porque hay razones más terribles que tigres
    que le demostrarán su obligación
    de ser un desdichado,
    pero humildemente recibe
    esa felicidad, esa ráfaga.

    Quizá en la muerte para siempre seremos,
    cuando el polvo sea polvo,
    esa indescifrable raíz,
    de la cual para siempre crecerá,
    ecuánime o atroz,
    nuestro solitario cielo o infierno.


    Everness
    Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
    Dios, que salva el metal, salva la escoria
    y cifra en Su profética memoria
    las lunas que serán y las que han sido.

    Ya todo está. Los miles de reflejos
    que entre los dos crepúsculos del día
    tu rostro fue dejando en los espejos
    y los que irá dejando todavía.

    Y todo es una parte del diverso
    cristal de esa memoria, el universo;
    no tienen fin sus arduos corredores

    y las puertas se cierran a tu paso;
    sólo del otro lado del ocaso
    verás los Arquetipos y Esplendores.


    Ewigkeit

    Torne en mi boca el verso castellano
    a decir lo que siempre está diciendo
    desde el latín de Séneca: el horrendo
    dictamen de lo que todo es el gusano.

    Torne a cantar la pálida ceniza,
    los fastos de la muerte y la victoria
    de esa reina retórica que pisa
    los estandartes de la vanagloria.

    No así. Lo que mi barro ha bendecido
    no lo voy a negar como un cobarde.
    Sé que una cosa no hay. Es el olvido;

    sé que la eternidad perdura y arde
    lo mucho y lo preciso que he perdido:
    esa fragua, esa luna y esa tarde.

    Edipo y el enigma
    Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día
    y con tres pies errando por el vano
    ámbito de la tarde, así veía
    la eterna esfinge a su inconstante hermano,
    el hombre, y con la tarde un hombre vino
    que descifró aterrado en el espejo
    de la mostruosa imagen, el reflejo
    de su declinación y su destino.
    Somos Edipo y de un eterno modo
    la larga y triple bestia somos, todo
    lo que seremos y lo que hemos sido.
    Nos aniquilaría ver la ingente
    forma de nuestro ser; piadosamente
    Dios nos depara sucesión y olvido.


    Spinoza
    Las traslúcidas manos del judío
    labran en la penumbra los cristales
    y la tarde que muere es miedo y frío.
    (Las tardes a las tardes son iguales.)

    Las manos y el espacio de jacinto
    que palidece en el confín del Ghetto
    casi no existen para el hombre quieto
    que está soñando un claro laberinto.

    No lo turba la fama, ese reflejo
    de sueños en el sueño de otro espejo,
    ni el temeroso amor de las doncellas.

    Libre de la metáfora y del mito
    labra un arduo cristal: el infinito
    mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.


    España
    Más allá de los símbolos,
    más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
    más allá de la aberración del gramático
    que ve en la historia del hidalgo
    que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,
    no una amistad y una alegría
    sino un herbario de arcaísmos y un refranero,
    estás, España silenciosa, en nosotros.
    España del bisonte, que moriría
    por el hierro o el rifle,
    en las praderas del ocaso, en Montana,
    España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
    España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
    España de los duros visigodos,
    de estirpe escandinava,
    que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,
    pastor de pueblos,
    España del Islam, de la cábala
    y de la Noche Oscura del Alma,
    España de los inquisidores,
    que padecieron el destino de ser verdugos
    y hubieran podido ser mártires,
    España de la larga aventura
    que descifró los mares y redujo crueles imperios
    y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
    en este atardecer del mes de julio de 1964,
    España de la otra guitarra, la desgarrada,
    no la humilde, la nuestra,
    España de los patios,
    España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
    España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
    España del inútil coraje,
    podemos profesar otros amores,
    podemos olvidarte
    como olvidamos nuestro propio pasado,
    porque inseparablemente estás en nosotros,
    en los íntimos hábitos de la sangre,
    en los Acevedo y los Suárez de mi linaje,
    España,
    madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
    incesante y fatal.


    Elegía
    Oh destino el de Borges,
    haber navegado por los diversos mares del mundo
    o por el único y solitario mar de nombres diversos,
    haber sido una parte de Edimburgo, de Zürich, de las dos Córdobas,
    de Colombia y de Texas,
    haber regresado, al cabo de cambiantes generaciones,
    a las antiguas tierras de su estirpe,
    a Andalucía, a Portugal y a aquellos condados
    donde el sajón guerreó con el danés y mezclaron sus sangres,
    haber errado por el rojo y tranquilo laberinto de Londres,
    haber envejecido en tantos espejos,
    haber buscado en vano la mirada de mármol de las estatuas,
    haber examinado litografías, enciclopedias, atlas,
    haber visto las cosas que ven los hombres,
    la muerte, el torpe amanecer, la llanura
    y las delicadas estrellas,
    y no haber visto nada y casi nada
    sino el rostro de una muchacha de Buenos Aires,
    un rostro que no quiere que lo recuerde.
    Oh destino de Borges,
    Tal vez no más extraño que el tuyo.


    Adam Cast Forth

    ¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño?
    Lento en la vaga luz, me he preguntado,
    casi como un consuelo, si el pasado
    de que este Adán, hoy mísero, era dueño,

    no fue sino una mágica impostura
    de aquel Dios que soñé. Ya es impreciso
    en la memoria el claro Paraíso,
    pero yo sé que existe y que perdura,

    aunque no para mí. La terca tierra
    es mi castigo y la incestuosa guerra
    de Caínes y Abeles y su cría.

    Y, sin embargo, es mucho haber amado,
    haber sido feliz, haber tocado
    el viviente Jardín, siquiera un día.

    A una moneda

    Fría y tormentosa la noche que zarpé de Montevideo.
    Al doblar el Cerro,
    tiré desde la cubierta mas alta
    una moneda que brilló y se anegó en las aguas barrosas,
    una cosa de luz que arrebataron el tiempo y la tiniebla.
    Tuve la sensación de haber cometido un acto irrevocable,
    de agregar a la historia del planeta
    dos series incesantes, paralelas, quizá infinitas:
    mi destino, hecho de zozobra, de amor y de vanas vicisitudes,
    y el de aquel disco de metal
    que las aguas darían al blando abismo
    o a los remotos mares que aún roen
    despojos del sajón y del fenicio.
    A cada instante de mi sueño o de mi vigilia
    corresponde otro de la ciega moneda.
    A veces he sentido remordimiento
    y otras envidia,
    de ti que estas, como nosotros, en el tiempo y su laberinto
    y que no lo sabes.

    Otro poema de los dones
    Gracias quiero dar al divino
    Laberinto de los efectos y de las causas
    Por la diversidad de las criaturas
    Que forman este singular universo,
    Por la razón, que no cesará de soñar
    Con un plano del laberinto,
    Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
    Por el amor, que nos deja ver a los otros
    Como los ve la divinidad,
    Por el firme diamante y el agua suelta,
    Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
    Por las místicas monedas de Angel Silesio,
    Por Schopenhauer,
    Que acaso descifró el universo,
    Por el fulgor del fuego
    Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
    Por la caoba, el cedro y el sándalo,
    Por el pan y la sal,
    Por el misterio de la rosa
    Que prodiga color y que no lo ve,
    Por ciertas vísperas y días de 1955,
    Por los duros troperos que en la llanura
    Arrean los animales y el alba,
    Por la mañana en Montevideo,
    Por el arte de la amistad,
    Por el último día de Sócrates,
    Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron
    De una cruz a otra cruz,
    Por aquel sueño del Islam que abarco
    Mil noches y una noche,
    Por aquel otro sueño del infierno,
    De la torre del fuego que purifica
    Y de las esferas gloriosas,
    Por Swedenborg,
    Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
    Por los ríos secretos e inmemoriales
    Que convergen en mí,
    Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,
    Por la espada y el arpa de los sajones,
    Por el mar, que es un desierto resplandeciente
    Y una cifra de cosas que no sabemos
    Y un epitafio de los vikings,
    Por la música verbal de Inglaterra,
    Por la música verbal de Alemania,
    Por el oro, que relumbra en los versos,
    Por el épico invierno,
    Por el nombre de un libro que no he leído:
    Gesta Dei per Francos,
    Por Verlaine, inocente como los pájaros,
    Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
    Por las rayas del tigre,
    Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
    Por la mañana en Texas,
    Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
    Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
    Por Séneca y Lucano, de Córdoba,
    Que antes del español escribieron
    Toda la literatura española,
    Por el geométrico y bizarro ajedrez,
    Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
    Por el olor medicinal de los eucaliptos,
    Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
    Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
    Por la costumbre,
    Que nos repite y nos confirma como un espejo,
    Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
    Por la noche, su tiniebla y su astronomía.
    Por el valor y la felicidad de los otros,
    Por la patria, sentida en los jazmines
    O en una vieja espada,
    Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
    Por el hecho de que el poema es inagotable
    Y se confunde con la suma de las criaturas
    Y no llegará jamás al último verso
    Y varía según los hombres,
    Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
    Por morir tan despacio,
    Por los minutos que preceden al sueño,
    Por el sueño y la muerte,
    Esos dos tesoros ocultos,
    Por los íntimos dones que no enumero,
    Por la música, misteriosa forma del tiempo.


    Oda escrita en 1966
    Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
    Que, alto en el alba de una plaza desierta,
    Rige un corcel de bronce por el tiempo,
    Ni los otros que miran desde el mármol,
    Ni los que prodigaron su bélica ceniza
    Por los campos de América
    O dejaron un verso o una hazaña
    O la memoria de una vida cabal
    En el justo ejercicio de los días.
    Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

    Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
    Cargado de batallas, de espadas y de éxodos
    Y de la lenta población de regiones
    Que lindan con la aurora y el ocaso,
    Y de rostros que van envejeciendo
    En los espejos que se empañan
    Y de sufridas agonías anónimas
    Que duran hasta el alba
    Y de la telaraña de la lluvia
    Sobre negros jardines.

    La patria, amigos, es un acto perpetuo
    Como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
    Espectador dejara de soñarnos
    Un solo instante, nos fulminaría,
    Blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
    Nadie es la patria, pero todos debemos
    Ser dignos del antiguo juramento
    Que prestaron aquellos caballeros
    De ser lo que ignoraban, argentinos,
    De ser lo que serían por el hecho
    De haber jurado en esa vieja casa.
    Somos el porvenir de esos varones,
    La justificación de aquellos muertos;
    Nuestro deber es la gloriosa carga
    Que a nuestra sombra legan esas sombras
    Que debemos salvar.
    Nadie es la patria, pero todos lo somos.
    Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
    Ese límpido fuego misterioso.


    El sueño
    Si el sueño fuera (como dicen) una
    tregua, un puro reposo de la mente,
    ¿por qué, si te despiertan bruscamente,
    sientes que te han robado una fortuna?

    ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
    nos despoja de un don inconcebible,
    tan íntimo que sólo es traducible
    en un sopor que la vigilia dora

    de sueños, que bien pueden ser reflejos
    truncos de los tesoros de la sombra,
    de un orbe intemporal que no se nombra

    y que el día deforma en sus espejos.
    ¿Quién serás esta noche en el oscuro
    sueño, del otro lado de su muro?


    Junín
    Soy, pero soy también el otro, el muerto
    El otro de mi sangre y de mi nombre,
    Soy un vago señor y soy el hombre
    Que detuvo las lanzas del desierto.
    Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca,
    A tu Junín, abuelo Borges. ¿Me oyes,
    Sombra o ceniza última, o desoyes
    En tu sueño de bronce esta voz trunca?
    Acaso estés buscando por mis ojos
    El épico Junín de tus soldados,
    El árbol que plantaste, los cercados
    Y en el confín la tribu y los despojos.
    Te imagino severo, un poco triste;
    Quién nos dirá cómo eres y quién fuiste.


    Un soldado de Lee (1862)
    Lo ha alcanzado una bala en la ribera
    de una clara corriente cuyo nombre
    ignora. Cae de boca. (Es verdadera
    la historia y más de un hombre fue aquel hombre.)

    El aire de oro mueve las ociosas
    hojas de los pinares. La paciente
    hormiga escala el rostro indiferente.
    Sube el sol. Ya han cambiado muchas cosas

    y cambiarán sin término hasta cierto
    día del porvenir en que te canto
    a ti que, sin la dádiva del llanto,

    caíste como cae un hombre muerto.
    No hay un mármol que guarde tu memoria;
    seis pies de tierra son tu oscura gloria.


    El mar
    Antes que el sueño (o el terror) tejiera
    Mitologías y cosmogonías,
    Antes que el tiempo se acuñara en días,
    El mar, el siempre mar, ya estaba y era.
    ¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
    Y antiguo ser que roe los pilares
    De la tierra y es uno y muchos mares
    Y abismo y resplandor y azar y viento?
    Quien lo mira lo ve por vez primera,

    Siempre. Con el asombro que las cosas
    Elementales dejan, las hermosas
    Tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
    ¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
    Ulterior que sucede a la agonía.


    Una mañana de 1649

    Carlos avanza entre su pueblo. Mira
    a izquierda y a derecha. Ha rechazado
    los brazos de la escolta. Liberado
    de la necesidad de la mentira,

    sabe que hoy va a la muerte, no al olvido,
    y que es un rey. La ejecución lo espera;
    la mañana es atroz y verdadera.
    No hay temor en su carne. Siempre ha sido,

    a fuer de buen tahur, indiferente.
    Ha apurado la vida hasta las heces;
    ahora está solo entre la armada gente.

    No lo infama el patíbulo. Los jueces
    no son el Juez. Saluda levemente
    y sonríe. Lo ha hecho tantas veces.

    A Un Poeta Sajón
    Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
    Pesó como la nuestra sobre la tierra,
    Tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
    Tú que viniste no en el rígido ayer
    Sino en el incesante presente,
    En el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
    Tú que en tu monasterio fuiste llamado
    Por la antigua voz de la épica,
    Tú que tejiste las palabras,
    Tú que cantaste la victoria de Brunanburh
    Y no la atribuiste al Señor
    Sino a la espada de tu rey,
    Tú que con júbilo feroz cantaste,
    La humillación del viking,
    El festín del cuervo y del águila,
    Tú que en la oda militar congregaste
    Las rituales metáforas de la estirpe,
    Tú que en un tiempo sin historia
    Viste en el ahora el ayer
    Y en el sudor y sangre de Brunanburh
    Un cristal de antiguas auroras,
    Tú que tanto querías a tu Inglaterra
    Y no la nombraste,
    Hoy no eres otra cosa que unas palabras
    Que los germanistas anotan.
    Hoy no eres otra cosa que mi voz
    Cuando revive tus palabras de hierro.

    Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
    que mis días merezcan el olvido,
    que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,

    pero que algún verso perdure
    en la noche propicia a la memoria
    o en las mañanas de los hombres.

    Buenos Aires
    Antes, yo te buscaba en tus confines
    Que lindan con la tarde y la llanura
    Y en la verja que guarda una frescura
    Antigua de cedrones y jazmines.
    En la memoria de Palermo estabas,
    En su mitología de un pasado
    De baraja y puñal y en el dorado
    Bronce de las inútiles aldabas,
    Con su mano y sortija. Te sentía
    En los patios del Sur y en la creciente
    Sombra que desdibuja lentamente
    Su larga recta, al declinar el día.
    Ahora estás en mí. Eres mi vaga
    Suerte, esas cosas que la muerte apaga.


    Buenos Aires
    Y la ciudad, ahora, es como un plano
    De mis humillaciones y fracasos;
    Desde esa puerta he visto los ocasos
    Y ante ese mármol he aguardado en vano.
    Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
    Me han deparado los comunes casos
    De toda suerte humana; aquí mis pasos
    Urden su incalculable laberinto.
    Aquí la tarde cenicienta espera
    El fruto que le debe la mañana;
    Aquí mi sombra en la no menos vana
    Sombra final se perderá, ligera.
    No nos une el amor sino el espanto;
    Será por eso que la quiero tanto.


    Al hijo

    No soy yo quien te engendra. Son los muertos.
    Son mi padre, su padre y sus mayores,
    Son los que un largo dédalo de amores
    Trazaron desde Adán y los desiertos
    De Caín y de Abel, en una aurora
    Tan antigua que ya es mitología,
    Y llegan, sangre y médula, a este día
    Del porvenir, en que te engendro ahora.
    Siento su multitud. Somos nosotros y,
    Entre nosotros, tú y los venideros
    Hijos que has de engendrar. Los postrimeros
    Y los del rojo Adán. Soy esos otros,
    También. La eternidad está en las cosas
    Del tiempo, que son formas presurosas.

    El Puñal

    En un cajón hay un puñal.
    Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
    Otra cosa quiere el puñal.
    Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
    En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
    A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

    Los compadritos muertos
    Siguen apuntalando la recova
    del Paseo de Julio, sombras vanas
    en eterno altercado con hermanas
    sombras o con el hambre, esa otra loba.
    Cuando el ultimo sol es amarillo
    en la frontera de los arrabales,
    vuelven a su crepúsculo, fatales
    y muertos, a su puta y su cuchillo.
    Perduran en apócrifas historias,
    en un modo de andar,
    en el rasguido de una cuerda,
    en un rostro, en un silbido,
    en pobras cosas y en oscuras glorias.
    En el íntimo patio de la parra
    cuando la mano templa la guitarra.


  2. #2
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    Predeterminado Re: El otro, el mismo (1964)

    Buena onda de Borges! era el próximo del que iba a postear algo.

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