Aníbal Barca (en fenicio Hanni-baal חנילבע, que significa «quien goza del favor de Baal»[1] y Barca, «rayo»),[2] conocido generalmente como Aníbal o Hanibal, nacido en 247 a. C. en Cartago (al norte de lo que hoy es Túnez) y fallecido en 183 a. C.[3] [4] [5] [6] en Bitinia (cerca de la actual Bursa, en Turquía), fue un general y estadista cartaginés considerado por muchos como uno de los más grandes tácticos militares de la historia.

Su vida transcurrió en el conflictivo período en el que Roma estableció su supremacía en la cuenca mediterránea, en detrimento de otras potencias como la propia República Cartaginesa, Macedonia, Siracusa y el Imperio Seléucida. Fue uno de los generales más activos de la Segunda Guerra Púnica, en la que llevó a cabo una de las hazañas militares más audaces de la Antigüedad: Aníbal y su ejército, en el que se incluían elefantes de guerra, partieron de Hispania y atravesaron los Pirineos y los Alpes con el objetivo de conquistar el norte de Italia. Allí derrotó a los romanos en grandes batallas campales como la del lago Trasimeno o la de Cannas, que aún se estudia en academias militares en la actualidad. A pesar de su brillante movimiento, Aníbal no llegó a capturar Roma. Existen diversas opiniones entre los historiadores, que van desde carencias materiales de Aníbal en máquinas de asedio a consideraciones políticas que defienden que la intención de Aníbal no era tomar Roma, sino obligarla a rendirse.[7] No obstante, Aníbal logró mantener un ejército en Italia durante más de una década, recibiendo escasos refuerzos. Tras la invasión de África por parte de Escipión, el Senado púnico le llamó de vuelta a Cartago, donde fue finalmente derrotado por Publio Cornelio Escipión en la Batalla de Zama.

El historiador militar Theodore Ayrault Dodge le llamó «padre de la estrategia».[8] Fue admirado incluso por sus enemigos —Cornelio Nepote le bautizó como «el más grande de los generales»[9] —, de hecho, su mayor enemigo, Roma, adaptó ciertos elementos de sus tácticas militares a su propio arsenal estratégico. Su legado militar le confirió una sólida reputación en el mundo moderno, y ha sido considerado como un gran estratega por grandes militares como Napoleón I o Arthur Wellesley, el duque de Wellington. Su vida ha sido objeto de muchas películas y documentales. Bernard Werber le rinde homenaje a través del personaje del «Libertador»,[10] y de un artículo en L’Encyclopédie du savoir relatif et absolu mencionada en su obra Le Souffle des dieux.


Antecedentes históricos

A mediados del siglo III a. C., la ciudad de Cartago, donde nació Aníbal,[3] estaba fuertemente influida por la cultura helenística derivada de los vestigios del imperio de Alejandro Magno.[12] Cartago ocupaba por entonces un lugar importante en los intercambios comerciales de la cuenca mediterránea, y en particular en los emporios de Sicilia, Sardinia y en las costas de Iberia y de África del Norte. La ciudad disponía igualmente de una importante flota de guerra que protegía sus rutas marítimas, que transportaban el oro procedente del Golfo de Guinea y el estaño procedente de las costas británicas.

La otra potencia mediterránea de la época era Roma, con la que Cartago entró en guerra durante veinte años en un conflicto conocido como la Primera Guerra Púnica,[13] la primera guerra de gran envergadura de la que Roma salió victoriosa. Este enfrentamiento entre la República de Roma y Cartago estuvo provocado por un conflicto secundario en Siracusa, y se desarrolló por tierra y mar, en tres fases: combates en Sicilia (264-256 a. C.), combates en África (256-250 a. C.) y de nuevo en Sicilia (250-241 a. C.). Durante esta última fase, y sobre todo tras la guerra, nació la fama de Amílcar Barca, padre de Aníbal, que dirigía la guerra contra Roma desde el año 247 a. C. Tras la gran derrota naval en las Islas Egadas, al noroeste de Sicilia, los cartagineses se vieron obligados a firmar un tratado en la primavera de 241 a. C. con el cónsul Cayo Lutacio Cátulo.[14] Entre los términos impuestos a Cartago por este tratado se hallaban la cesión de los territorios de Sicilia y Sardinia,[12] y el desmantelamiento de su flota.

A finales de la Primera Guerra Púnica, a pesar de las precauciones adoptadas por Amílcar Barca, Cartago halló problemas a la hora de dispersar a sus regimientos armados de mercenarios, que no tardaron en asediar la ciudad y provocar un conflicto de la envergadura de una guerra civil.[14] Este episodio histórico es conocido como la Guerra de los Mercenarios. Amílcar consiguió reprimir esta rebelión después de tres años, tras vencer a los rebeldes en el río Bagradas y de nuevo, con un gran derramamiento de sangre, en el desfiladero de «La Sierra»[15] en 237 a. C. Por su parte, Roma había aprovechado la falta de oposición para tomar Sardinia, anteriormente en manos de los cartagineses.[16] Para compensar esta pérdida, Amílcar marchó a Iberia, donde se apoderó de vastos territorios al sudeste del país. Durante una década, Amílcar dirigió la conquista del sur de Iberia, apoyado militar y logísticamente por su yerno Asdrúbal.[14] Esta conquista restablecía la situación económica de Cartago, gracias a la explotación de las minas de plata y estaño.

Ascensión

Juventud

Aníbal Barca era el hijo mayor del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica.[16] [17] Aunque «Barca» no era un apellido, sino un apelativo (de barqä, "rayo" en lengua púnica), fue adoptado como tal por sus hijos.[18] Los historiadores designan a la familia de Amílcar con el nombre de Bárcidas, a fin de evitar la confusión con otras familias cartaginesas con los mismos nombres (Aníbal, Asdrúbal, Amílcar, Magón, etc.).

Sobre la educación de Aníbal es poco lo recogido por los autores grecorromanos. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas,[19] la historia de Alejandro Magno y el arte de la guerra. Así adquirió el modo de razonamiento y de acción que los griegos llamaban «métis», fundado en la inteligencia y la astucia.

Después de haber incrementado su territorio, Amílcar enriqueció a su familia, y por extensión a Cartago.[14] Al perseguir dicho objetivo, Amílcar se apoyó en la ciudad de Gadir (actual Cádiz, España), próxima al Estrecho de Gibraltar, y comenzó a someter a las tribus íberas. En aquel momento, Cartago se hallaba en tal estado de empobrecimiento que su marina era incapaz de transportar al ejército a Hispania. Amílcar se vio, pues, obligado a hacerlo marchar hacia las Columnas de Hércules a pie, para cruzar allí en barco el Estrecho de Gibraltar, entre lo que actualmente serían Marruecos y España.

El historiador romano Tito Livio menciona que cuando Aníbal fue a ver a su padre y le rogó que le permitiera acompañarle, éste aceptó con la condición de que jurara que durante toda su existencia nunca sería amigo de Roma.[16] [17] [3] [16] [20] Otros historiadores refieren que Aníbal declaró a su padre:
Juro que en cuanto la edad me lo permita [...] emplearé el fuego y el hierro para romper el destino de Roma.

Su aprendizaje táctico comenzó sobre el terreno, bajo la égida de su padre. Continuó aprendiendo de su cuñado, Asdrúbal el Bello,[22] quien sucedió a Amílcar, muerto en el campo de batalla contra los rebeldes íberos[17] en 229 a. C.[12] o en 230 a. C.,[23] momento en el que le nombra jefe de la caballería.[3] [24] En este dominio, Aníbal revela muy pronto su resistencia y su sangre fría,[25] y su capacidad para hacerse apreciar y admirar por sus soldados.[26] Asdrúbal persiguió una política de consolidación de los intereses ibéricos de Cartago.[12] Para ello, casó a Aníbal con una princesa íbera[27] de nombre Imilce,[28] con la que tuvo un hijo.[29] [30] Sin embargo, esta alianza matrimonial es considerada improbable y no está atestiguada por todos.[30] Por otra parte, Asdrúbal firmó en 226 a. C. un tratado con Roma por el que la Península Ibérica quedaba dividida en dos zonas de influencia.[23] El río Ebro constituía la frontera:[23] Cartago no debía expandirse más al norte de este río, en la misma medida que Roma no se extendería al sur del curso fluvial.[24] En 221 a. C., Asdrúbal fundó la nueva capital, Qart Hadasht, hoy Cartagena, situada en lo que es actualmente la provincia de Murcia (al sureste de España).[12] Pero, un poco más tarde, un esclavo galo, que acusó a Asdrúbal de haber asesinado a su amo,[24] [31] le asesinó a su vez en torno al año 221 a. C.[29]



Caricatura del juramento que hizo Aníbal a su padre de ser siempre enemigo de Roma.


Comandante en jefe

Tras la muerte de Asdrúbal, Aníbal fue elegido por el ejército de Cartago estacionado en la Península Ibérica para que le sucediera en su condición de comandante en jefe.[23] Posteriormente, Aníbal sería confirmado en el puesto por el gobierno cartaginés,[25] [32] a pesar de la oposición encabezada por Hannón (un rico aristócrata).[33] En esta época Aníbal contaba con 25 años.[3] Tito Livio da una pequeña descripción del joven general:
A partir de su llegada a España, Aníbal atrajo todas las miradas. «Es Amílcar en su juventud, que nos ha sido devuelto», se escribían los viejos soldados. «La misma energía en la cara, el mismo fuego en la mirada: aquí está su aspecto, aquí sus gestos».

Tras haber asumido el mando, Aníbal pasó dos años consolidando el poder cartaginés sobre las tierras hispánicas y terminando la conquista de los territorios situados al sur del Ebro.[34] [35] Excavaciones en curso (2008) en la ciudad de Valencia han hallado, entre otros restos, una empalizada, próxima a la margen izquierda del río Turia, que probablemente formaba parte de un campamento militar, acantonamiento de Aníbal en su avance hacia Sagunto.[36]

Por su parte, Roma, temiendo la creciente presencia de los cartagineses en Hispania, concluyó una alianza con la ciudad de Sagunto,[23] situada a una distancia considerable del Ebro por la parte sur, en el territorio que los romanos habían reconocido como dentro de la zona de influencia cartaginesa,[12] y declaró a la ciudad como un protectorado.[37] Este movimiento político generó tensiones entre las dos potencias: mientras que los romanos argumentaban que según el tratado firmado en el año 241 a. C., los cartagineses no podían atacar a un aliado de Roma, los púnicos se amparaban en la cláusula del documento que reconocía la soberanía cartaginesa sobre los territorios hispanos situados al sur del Ebro. Aníbal decidió rodear Sagunto,[17] y sitiar la ciudad,[37] que capituló en 219 a. C., probablemente en el mes de noviembre,[23] tras ocho meses de asedio.[32] [38] [39] Roma reaccionó ante lo que consideraba una flagrante violación del tratado y reclamó justicia al gobierno cartaginés.[22] Debido a la gran popularidad de Aníbal y al riesgo de perder prestigio en Hispania, el gobierno oligárquico de Cartago rechazó las peticiones romanas y declaró la guerra que el general había soñado, la Segunda Guerra Púnica, a finales de año.


Segunda Guerra Púnica

Preparativos

Después de que los cartagineses asediaran[17] y destruyeran[20] Sagunto, los romanos decidieron contraatacar en dos frentes: África del Norte e Hispania, partiendo desde Sicilia, isla que les sirvió de base de operaciones. No obstante, Aníbal trastocó los planes de los romanos con una estrategia inesperada: quería llevar la guerra al corazón de Italia, marchando rápidamente a través de Hispania y del sur de la Galia.[17] Consciente de que su flota era muy inferior a la de los romanos, Aníbal decidió no atacar por mar, sino que eligió una ruta terrestre mucho más dura y larga pero más interesante tácticamente, pues le permitió reclutar a muchos soldados mercenarios o aliados procedentes de los pueblos celtas dispuestos a combatir a los romanos.[17] Antes de su partida, Aníbal distribuyó hábilmente sus efectivos y envió a África del Norte varios contingentes de íberos, mientras que ordenó a los soldados libio-fenicios que garantizaran la seguridad de las posesiones de Cartago en Hispania.[41]

Aníbal no partió de Cartagena hasta finales de la primavera de 218 a. C.[42] [43] El general puso en marcha al ejército y envió representantes para negociar su paso a través de los Pirineos y trabar alianzas con los pueblos que se asentaban a lo largo de su trayecto. Según Tito Livio, Aníbal atravesó el Ebro con 90.000 infantes y 12.000 caballeros,[42] y dejó un destacamento de 10.000 infantes y 1.000 caballeros para que defendieran Hispania,[42] a los que se sumaron 11.000 iberos que se mostraron reticentes a abandonar su territorio.[42] Tras su paso por los Pirineos, disponía de 70.000 infantes y 10.000 caballeros. Según otras fuentes, Aníbal llegó a la Galia a la cabeza de 40.000 infantes y 12.000 caballeros.[44] Es complicado establecer la aproximación de sus efectivos reales. Ciertas estimaciones creen que lideraba una fuerza de 80.000 hombres. A su llegada a Italia, parece que estaba a la cabeza, según las fuentes, de entre 20.000[45] y 50.000[29] infantes y de entre 6.000[45] y 9.000[29] jinetes. Por otro lado, en varias ocasiones, o como mínimo, al principio de la guerra, Cartago envió refuerzos a Aníbal. Además, a su ejército se sumaron muchos soldados procedentes de tribus. Cerca de 40.000 galos se unieron al ejército cartaginés durante la guerra.[46]

En su ejército, Aníbal contaba con un poderoso contingente de elefantes de guerra, animales que representaban un importante papel en los ejércitos de la época y que los romanos conocían bien por haberse enfrentado a ellos cuando formaban parte de las tropas del rey de Epiro, Pirro I. En realidad, los 37 elefantes de Aníbal[47] son una cifra insignificante comparada con los ejércitos de la época helenística. De hecho, la mayoría murieron durante el viaje a través de los Alpes o víctimas de la humedad de las marismas etruscas. La única bestia que sobrevivió fue empleada como montura por el propio Aníbal.[48] [49] En efecto, Aníbal perdió su ojo derecho[3] durante una batalla menor[29] y utilizó este medio de transporte para no entrar en contacto con el agua.[48] [49] Según otros historiadores, Aníbal sufrió una oftalmía[29] que le dejó tuerto.

Viaje a Italia

Aníbal penetró en la Galia evitando cuidadosamente atacar las ciudades griegas erigidas en lo que hoy es Cataluña. Se piensa que, tras franquear los Pirineos a través del Puerto de Perthus y establecer su campamento cerca de la ciudad de Illibéris[50] —la actual Elne, próxima a Perpiñán—, siguió avanzando sin problemas hasta llegar al Ródano, donde apareció en septiembre antes de que los romanos pudieran impedirle el paso a la cabeza de 38.000 infantes, 8.000 caballeros y 37 elefantes de guerra.[51]

Tras evitar las poblaciones locales, que trataron de detener su avance, Aníbal se vio obligado a escapar de una compañía romana que venía desde la costa mediterránea remontando el Valle del Ródano.[52] El hecho de que los romanos vinieran de conquistar la Galia Cisalpina dio esperanzas a Aníbal de que sería capaz de encontrar aliados entre los galos del norte de Italia.

Travesía de los Alpes

El itinerario emprendido por Aníbal ha sido objeto de diversas polémicas.[25] En octubre de 218 a. C.,[23] los Alpes podían ser franqueados por el puerto del Pequeño San Bernardo,[20] por el de Mont-Cenis o también por el de Montgenèvre.[25] [32] Ciertos autores defienden que Aníbal atravesó el Puerto de Clapier[54] o, más al sur, el Puerto de Larche.

Los datos facilitados por Polibio[55] y Tito Livio[56] [57] son muy imprecisos. Además, no existen restos arqueológicos que proporcionen alguna prueba irrefutable de la ruta de Aníbal. Todas las hipótesis formuladas por expertos y también por autores de gran imaginación, están basadas en los textos de Polibio y Tito Livio (se han escrito ya casi mil libros sobre el tema).[58]

Una de las opiniones más aceptadas es la que localiza el puerto de montaña que franqueó Aníbal junto a la Llanura Padana. Sin duda, Aníbal alentaría a sus hambrientos y desmoralizados soldados con la perspectiva de encontrarse pronto con el Po.[59] En los Alpes Septentrionales, Montgenèvre y Gran San Bernardo, sólo el Puerto de Savine-Coche y el Puerto de Larche avalan esta opinión.[60] [61] No obstante, los partidarios del paso por el puerto del Pequeño San Bernardo cuestionan el sentido de este pasaje de Polibio:

Los soldados, consternados por el recuerdo del dolor que habían sufrido, y sin saber a qué deberían enfrentarse cuando siguieran avanzando, parecieron perder el coraje. Aníbal les reunió, y, como desde la cima de los Alpes, que parecían ser la entrada a la ciudadela de Italia, se divisaban las vastas llanuras que regaba el Po con sus aguas, Aníbal se sirvió de este bello espectáculo, único recurso que le quedaba, para quitar el miedo a los soldados. Al mismo tiempo, les señaló con el dedo el punto donde estaba situada Roma, y les recordó que gozaban de la buena voluntad de los pueblos que habitaban el país que tenían ante sus ojos.



Aníbal y sus hombres atravesando los Alpes.


Este episodio ha sido representado en numerosos cuadros y dibujos, uno de ellos de Francisco de Goya.[62] Los partidarios del Pequeño San Bernardo afirman que las nieblas que se elevan a menudo en la llanura del Po impiden verla. Sin embargo, esta planicie ha sido vista y fotografiada numerosas veces. Figura un ejemplo en el sitio de Patrick Hunt, profesor de arqueología de la Universidad de Stanford, consagrado a la búsqueda del puerto por el que Aníbal habría pasado a Italia. Considera que el puerto de Clapier es el único que concuerda perfectamente con los textos antiguos. Polibio proporciona otro dato muy importante:

Aníbal llegó a Italia con el ejército citado antes, acampó a los pies de los Alpes, para que descansaran sus tropas [...] procuró, en primer lugar, contratar a los pueblos del territorio de Turín, pueblos situados al pie de los Alpes.

En los Alpes Septentrionales, sólo el puerto de Clapier satisfaría estas dos condiciones: vista sobre la planicie del Po y de la población de los turineses. Desde que el coronel Perrin lo afirmó en 1883, numerosos autores se sumaron a esta tesis.[64] La única excepción notable es la tesis de Sir Gavin de Beer (publicada en 1955), la cual propone el puerto de la Traversette en los Alpes meridionales, cerca del Monte Viso (Alpes Cocios). La ruta no atravesaba el territorio de los alóbroges y su hipótesis ha sido discutida con vehemencia, pero es aceptada en Inglaterra.

Por último, hay que decir que era habitual en los historiadores antiguos imaginar discursos verosímiles atribuidos a los personajes históricos, por lo que no hay ninguna razón para creer en la absoluta autenticidad de esta escena, y en el gesto de orador que la acompaña. Ya que es posible que el episodio relatado sea una «amable» imagen de Épinal, la comparación de los diversos caminos factibles no puede conducir a una conclusión definitiva.

Según las fuentes, Aníbal perdió, en esta travesía, entre 3.000 y 20.000 hombres.[65] [17] Los pocos supervivientes que llegaron a Italia estaban hambrientos y muertos de frío.



Aníbal cruzando los Alpes, por John Leech, 1850.


Decisiva elección

Fuera cual fuese el paso elegido, la travesía de los Alpes ha sido la opción táctica más destacada en la Antigüedad. Aníbal logró atravesar las montañas a pesar de los obstáculos que planteaban el clima, el terreno, los ataques de las poblaciones locales, y la dificultad de dirigir a un ejército compuesto por soldados de distintas etnias y que hablaban en diversas lenguas.

Tras haber cruzado los Alpes y logrado alcanzar la región de Turín con las tropas ya muy diezmadas, Aníbal y su ejército combatieron duramente con las primeras tropas romanas con las que se enfrentaron en el Tesino y en el Trebia,[22] río localizado en el norte de Italia. La batalla del Ticino, una simple escaramuza entre la caballería romana liderada por el cónsul Publio Cornelio Escipión[23] y la caballería cartaginesa, puso de manifiesto por primera vez en batalla las cualidades militares de Aníbal. El general cartaginés empleó a sus mejores jinetes númidas, aprovechando la mínima ventaja sobre el terreno y culminando una maniobra que tenía como objetivo rodear a las fuerzas romanas. La batalla del Trebia, acaecida en diciembre de 218 a. C., convenció a los galos a unirse a Aníbal contra sus recientes conquistadores.

Batalla del Trebia

La difícil marcha de Aníbal le condujo a territorio romano y a oponerse a las tentativas de sus enemigos de resolver el conflicto en territorio extranjero.[66] Su repentina aparición después de la travesía de la Galia y del Valle del Po le permitió romper la reciente alianza de las tribus locales con Roma, antes de que ésta pudiera reaccionar contra la rebelión.[25]

Publio Cornelio Escipión, cónsul que dirigía las fuerzas romanas destinadas a interceptar a Aníbal,[66] no esperaba que el general cartaginés intentara cruzar los Alpes. Los romanos estaban preparándose para enfrentarse a él en la Península Ibérica. Como Escipión disponía de un reducido destacamento posicionado en la Galia, intentó interceptarlo. Las decisiones y movimientos rápidos le permitieron transportar su ejército por mar y llegar a tiempo para alcanzar a Aníbal.[67]

Cuando las fuerzas de Aníbal estaban atravesando el Valle del Po, se encontraron abocadas a una confrontación secundaria: la Batalla del Ticino.[68] En ese momento, Aníbal obligó a los romanos a evacuar la llanura de Lombardía, gracias a la superioridad de su caballería.[8] [68] Aunque no constituía más que una victoria menor, incitó a los galos y a los ligures a unirse a los cartagineses,[69] lo que aumentó el tamaño del ejército a 40.000 hombres, de los cuales 14.000 eran galos.[29] Publio Cornelio Escipión fue gravemente herido y se retiró más allá del río Trebia para establecer un campamento en Piacenza, en Emilia-Romaña y salvaguardar de este modo su ejército.[70] El otro ejército consular fue enviado con urgencia al Valle del Po. Antes de que la noticia de la derrota del Ticino llegara a Roma, el Senado ordenó al cónsul Tiberio Sempronio Longo traer sus tropas de Sicilia, para reunirse con Escipión y enfrentarse a Aníbal.[71]

Este último, gracias a sus hábiles maniobras, estaba en posición de contrarrestar a Sempronio, pues controlaba la carretera que iba de Plaisance a Arminum, que el cónsul debía seguir si quería unirse a Escipión. Aprovechando el momento de inercia, Aníbal tomó Clastidium, actual Casteggio, en Lombardía —donde halló grandes cantidades de suministros para sus hombres. No obstante, la victoria de Aníbal no fue completa, pues, aprovechando la distracción del cartaginés, Sempronio avanzó y logró unirse a Escipión en su campamento, ubicado junto al río Trebia, cerca de Plaisance.[72] En diciembre de 218 a. C., Aníbal tuvo una nueva ocasión de mostrar su capacidad militar durante la Batalla del Trebia.[29] Tras haber eliminado la resistencia que ejercía la infantería romana, Aníbal tendió una emboscada a los flancos enemigos, destrozando el ejército romano.




Batalla del Lago Trasimeno

Tras las victorias del Ticino y del Trebia, los cartagineses se retiraron a Bolonia, para después continuar su marcha sobre Roma. Después de haber asegurado su posición en el Norte de Italia gracias a sus victorias, Aníbal trasladó sus cuarteles de invierno al territorio de los galos, cuyo apoyo parecía estar disminuyendo.[74] En la primavera de 217 a. C., el general cartaginés decidió establecer una base de operaciones más segura, situada al sur. Pensando que Aníbal estaba decidido a seguir avanzando sobre Roma, Cneo Servilio Gémino y Cayo Flaminio Nepote, los nuevos cónsules, movilizaron a sus ejércitos a fin de bloquear las rutas del este y del oeste, las cuales eran susceptibles de ser tomadas por Aníbal para marchar sobre Roma. La otra ruta que atravesaba Italia central se encontraba en la desembocadura del Arno. Este itinerario pasaba por una gran marisma que estaba sumergida más de lo habitual en ese período del año y, aunque Aníbal sabía que esta ruta era la más complicada, también era consciente de que constituía la vía más segura y más rápida hacia el centro de Italia. Como el historiador Polibio indica, los hombres de Aníbal marcharon cuatro días y tres noches sobre «una ruta que estaba bajo las aguas» y sufrieron una terrible fatiga acusada además por la falta de sueño.[48] [49]

El general atravesó los Apeninos y el Arno, presuntamente invadeable, sin oposición. No obstante, en los pantanos que comprendían las llanuras, Aníbal perdió gran parte de sus fuerzas y, al parecer, a sus últimos elefantes. A su llegada a Etruria (la actual Toscana), Aníbal decidió atraer al ejército principal romano, comandado por Flaminino, a una batalla campal, devastando ante sus propios ojos el territorio que se suponía debía proteger. Tal y como Polibio escribe:

Él [Aníbal] calculó que si rodeaba el campo e irrumpía en el territorio de más allá, Tito Quincio Flaminino (en parte por temor a los reproches populares y en parte a causa de su propia irritación) sería incapaz de soportar pasivamente la devastación del país, y le seguiría espontáneamente... ofreciéndole así ocasiones para atacarle.

Al mismo tiempo, Aníbal intentaba romper los lazos de Roma con sus aliados, mostrándoles que Flaminino era incapaz de protegerles. A pesar de ello, Flaminino permaneció en Arretium sin mover un dedo. Incapaz de arrastrar a Flaminino a una batalla, Aníbal decidió marchar con fuerza contra el costado izquierdo de su adversario, bloqueando su retirada a Roma. Esta maniobra es reconocida como el primer movimiento envolvente de la historia.

Aníbal emprendió posteriormente la persecución de Flaminino, a través de las colinas de Etruria. El 21 de junio, le sorprendió en un desfiladero en la ribera del Lago Trasimeno. En la batalla que se produjo, Aníbal destruyó su ejército en las aguas o sobre las pendientes vecinas (los romanos dejaron alrededor de 15.000 hombres sobre el terreno)[23] y él mismo mató a Flaminino. A continuación, eliminó a la única fuerza terrestre que habría podido poner en jaque su avance sobre Roma. Siendo consciente de que sin máquinas de asedio no podría tomar la capital, prefirió explotar su victoria desplazándose al centro y sur de Italia, y alentando una rebelión general contra el poder central. Después de Trasimeno, Aníbal declaró:

No he venido a luchar contra los italianos, sino a combatir a Roma en el nombre de los italianos.

Tras la derrota, los romanos decidieron nombrar a Fabio Cunctator —«el que retrasa»— como dictador.[29] Separándose de la tradición militar romana, Fabio optó por emplear una nueva estrategia, que pasaría a la historia como la Estrategia Fabiana, y que consistía en rechazar una batalla frontal contra su adversario mientras posicionaba varios ejércitos a su alrededor a fin de limitar sus movimientos.

Tras haber devastado Apulia sin llegar a provocar a Fabio, Aníbal decidió atravesar el Samnio y la Campania, una de las más ricas y fértiles regiones de Italia, en espera de que la devastación del territorio presionara al dictador a entrar en batalla. Este último, no obstante, decidió continuar siguiendo a Aníbal pero sin entrar en combate con el cartaginés, cada vez más a la defensiva. A pesar de su éxito, la estrategia fabiana era muy impopular entre los romanos, que la consideraban cobarde. Aníbal decidió que no era prudente pasar el invierno en sus bases, localizadas en las devastadas tierras de Campania; pero Fabio trató de bloquearle asegurando todos los pasos que permitían la salida de la región. Con el objetivo de contrarrestar el movimiento de Fabio, Aníbal engañó a los romanos y les hizo creer que el ejército cartaginés trataba de escapar por los bosques. Mientras los inocentes romanos desplazaban sus tropas a los bosques de la región, Aníbal y su ejército atravesaron un desfiladero sin oposición. En ese momento, aunque Fabio estaba a la distancia idónea para caer sobre Aníbal, su prudencia jugó en su contra. El cuestionado dictador decidió continuar con su estrategia y le persiguió. Ese invierno, Aníbal estableció unos cómodos cuarteles en las llanuras de Apulia. El exitoso modo en que Aníbal desplazó a su ejército en tan apurada situación ha sido calificado por Adrian Goldsworthy como «un movimiento clásico de la historia militar antigua que encuentra su lugar en todas las narrativas bélicas y que se ha empleado en los manuales militares ulteriores».[77]

Aníbal marchó al norte, amenazando indirectamente a Roma, para luego girar súbitamente hacia el este, al Samnio, y finalmente cruzar los montes Apeninos hacia Apulia, marcado de cerca por Fabio. Aníbal tomó la ciudad de Geronium[78] y estableció allí su base de operaciones.[79] Fabio estableció su campamento 30 kilómetros al sur, en la ciudad de Larinum,[80] aunque fue llamado poco después a Roma para atender unos oficios religiosos.[81]

En ausencia de Fabio, Marco Minucio Rufo, el magister equitum, asumió el mando de las tropas. En un osado movimiento, consiguió infligir numerosas bajas a forrajeadores cartagineses de Aníbal. Este hecho tuvo una gran repercusión en Roma. El Senado, impaciente con Fabio Máximo, cuyo prestigio había sufrido un duro golpe tras el movimiento de Aníbal en el Ager Falernus, promulgó una ley que equiparaba el rango de Minucio Rufo al del Cunctator, coexistiendo así dos dictadores por primera vez en la historia romana.[82]

Aníbal, en conocimiento de dichos hechos, tendió una trampa a Minucio frente a la ciudad de Geronium. Según cuenta Plutarco, «el terreno frente a la ciudad era llano, no obstante, tenía algunas acequias y cuevas»,[83] que ocupó la noche anterior con 5000 soldados y 500 jinetes. La mañana siguiente, envió una partida de forrajeadores a la vista del campamento de Minucio, quien inmediatamente atacó con tropas ligeras. Aníbal reforzó a los escaramuzadores y lanzó entonces a la caballería, que Minucio hubo de contrarrestar con la propia. Cuando la caballería italiana fue derrotada, Minucio formó a todas sus legiones en orden de combate y descendió al valle. El general púnico esperó a que hubiera cruzado el valle y entonces dio la orden a sus tropas emboscadas, que atacaron los flancos y la retaguardia de la formación romana. El ejército de Marco Minucio se batió en retirada, perseguido por los jinetes ligeros de Numidia, y habría sido casi totalmente aniquilado de no ser por la intervención de Fabio Máximo. Tras la batalla, Minucio renunció a su cargo y puso a sus cuatro legiones bajo el mando del "escudo de Roma".




Cannas y sus consecuencias

Aníbal, que no tenía intención de atacar Roma en un primer momento, pretendía tomar los territorios del Condado de Apulia, incluyendo la ciudad de Capua.[86] En la primavera de 216 a. C., el general emprendió la iniciativa de atacar el importante depósito de suministros de Cannas. Mediante esta acción, se posicionaba entre los ejércitos romanos y su principal fuente de víveres.[87] Los ciudadanos romanos eligieron a Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo nuevos cónsules.[46] Confiados en la victoria, estos últimos reclutaron un nuevo ejército estimado en aproximadamente 100.000 hombres, el más numeroso de su historia.[88] Los cónsules renunciaban así a la lenta pero eficaz táctica de evitar el conflicto, optando por un choque frontal.[17]

La batalla, considerada como la obra táctica maestra de Aníbal, se libró finalmente el 2 de agosto de 216 a. C.,[29] sobre la ribera izquierda del río Ofanto (sur de Italia), antes de que los romanos instalaran su campamento. Después de que se reunieran los ejércitos de los dos cónsules, éstos decidieron alternar el mando de manera diaria. Varrón, elegido comandante de las fuerzas el primer día, estaba decidido a vencer a Aníbal.[88] A la cabeza de 50.000 hombres,[29] el general cartaginés se aprovechó de la cólera de Varrón, y lo condujo a una trampa en la que hizo trizas a su ejército. Aníbal envolvió a los romanos, reduciendo el área del campo de batalla y eliminando así su ventaja numérica. Colocó su infantería en semicírculo, y reforzó sus flancos con sus jinetes númidas y galos.[88] Las legiones romanas que se extendían sobre aproximadamente un kilómetro y medio del terreno se lanzaron contra el centro del ejército púnico, que se combó en forma de "U", de forma controlada, encerrando a los legionarios en su interior.[17] La caballería de Asdrúbal —que no debe confundirse con Asdrúbal Barca—, situada en el flanco izquierdo, rodeó a las tropas romanas y atacó a la caballería de Varrón.[88] El ejército romano carecía de medios para evacuar a los legionarios, lo que supondría su casi total aniquilación.
Cuando terminó la batalla, Aníbal recuperó los anillos de los cadáveres de los equites romanos que habían perecido en combate. Con ellos pudo proporcionar al gobierno cartaginés la prueba irrefutable de su victoria en Cannas.[17]

Gracias a su brillante táctica, Aníbal, a pesar de su inferioridad numérica, aniquiló las fuerzas romanas casi por completo. La Batalla de Cannas ha sido considerada como la derrota más desastrosa de Roma hasta la fecha.[17] Las pérdidas romanas se estiman entre 25.000[46] y 70.000 hombres.[8] Entre los muertos figuraban el cónsul Lucio Emilio Paulo,[23] dos ex-cónsules, dos cuestores, 29-48 tribunos militares y 80 senadores (25-30% del total de sus miembros). Además, 10.000 soldados romanos fueron capturados por Aníbal.[46] La Batalla de Cannas ha sido una de las más sangrientas de la historia por la cantidad de muertos en un solo día.[88] El ejército cartaginés sólo hubo de lamentar 6.000 bajas.[22]

La victoria de Aníbal se explica, no sólo por las tácticas empleadas durante la batalla, sino también por la habilidad política del cartaginés, que se aprovechó de los errores de sus oponentes.[85] Aníbal provocó a los cónsules, que cayeron en varias ocasiones en sus trampas, como en el caso del Lago Trasimeno, por sus deseos de lograr una victoria antes de finalizar su mandato. Para idear sus estrategias, Aníbal debía gozar de un detallado conocimiento de las instituciones romanas y de la ambición de los políticos republicanos. Para ello resultaba inestimable la ayuda de los espías púnicos, a menudo camuflados bajo la apariencia de simples comerciantes.

Después de Cannas, los romanos ya no se mostraban tan decididos a enfrentarse directamente a Aníbal, y preferían volver a la estrategia de Fabio Máximo: buscar la derrota del adversario mediante una guerra de desgaste basada en su ventaja numérica y su rápido acceso a los suministros. Aníbal y Roma no volvieron a enfrentarse en batalla campal en territorio italiano hasta el final de la guerra.[89] Sin embargo, Roma se negó a rendirse a cualquier precio y volvió al reclutamiento de nuevas tropas.

La gran victoria cartaginesa hizo que numerosos pueblos de Italia decidieran unirse a la causa de Aníbal.[90] Tal y como escribe Tito Livio, «el desastre de Cannas fue el más grave del que se tenían precedentes, e hizo que la fidelidad de los aliados, que hasta ahora se había mantenido firme, comenzara a tambalearse, sin ninguna razón seguramente, más allá de que perdían la esperanza en el Imperio».[91] Ese mismo año, las ciudades griegas de Sicilia se rebelaron contra el control político romano y el rey de Macedonia, Filipo V, se declaró aliado de Aníbal,[86] provocando el estallido de la Primera Guerra Macedónica. Además, Aníbal forjó una alianza con el nuevo rey de Siracusa, Jerónimo.

Se ha afirmado a menudo que si Aníbal hubiera recibido el equipo necesario procedente de Cartago, habría conducido un ataque directo contra Roma. Sin embargo, se contentó con hostigar las fortalezas que se le resistían enconadamente y sólo consiguió la defección de algunos territorios italianos como Capua, la segunda ciudad de Italia, que los cartagineses convirtieron en su nueva base. A pesar de todo, sólo un pequeño número de las ciudades italianas que Aníbal esperaba que se le unieran consintieron en hacerlo. Según J. F. Lazenby, el que Aníbal no atacara la ciudad no se debió a la falta de equipamiento, sino a lo precario de su capacidad de abastecimiento y a la inestabilidad de su propia situación política.[92]

Las intenciones de Aníbal, además de retomar Sicilia, pasaban por la destrucción de Roma no tanto como ciudad sino como entidad política,[93] de ahí su negativa a tomar la ciudad tras la batalla de Cannas y la famosa frase atribuida a su jefe de caballería, el númida Maharbal:
Respondió Maharbal: 'Los dioses no han concedido al mismo hombre todos sus dones; sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovecharte de la victoria'

Aníbal utilizó sus victorias para tratar de atraer a su causa a las ciudades sometidas a Roma.[25] Los prisioneros, por ejemplo, eran divididos en dos grupos. Los ciudadanos romanos —que eran reducidos a la esclavitud o empleados para intercambiar prisioneros—, y los ciudadanos latinos o aliados, a los que se permitía regresar a sus casas.






Aníbal contando los anillos de los caballeros romanos caídos en la Batalla de Cannas (216 a. C.). Mármol de 1704 esculpido por Sébastien Slodtz, que actualmente se expone en el Museo del Louvre.


«Delicias de Capua»

Poco después de la Batalla del Lago Trasimeno en 217 a. C., Aníbal hizo liberar a tres caballeros de Capua que, poco tiempo después, le propusieron tomar posesión de la ciudad. Aníbal pasó mucho tiempo tratando de ganarse la confianza de los notables de la ciudad,[22] que logró obtener tras el término de la Batalla de Cannas. La ciudad (hoy en día conocida con el nombre de Santa María Capua Vetere) «ofreció a los soldados cartagineses numerosos placeres que ablandarían sus fuerzas». En cualquier caso, el sentido de la famosa expresión «Delicias de Capua»,[95] puede no corresponderse a la realidad. De hecho, si Aníbal contemporizó en Capua, era porque esperaba una total desintegración de la confederación italiana, así como nuevas alianzas que le permitirían por fin obtener el control del mar. Los pueblos de Italia central y meridional se apresuraron a buscar la alianza con Cartago. En 216 a. C., Bruttium, la actual Calabria, cambió de bando, así como Lokroi Epizephyrioi (actual Locri o Locris Epizefiria) y Crotona en 215 a. C. En 212 a. C. se produjeron las rebeliones de Metaponto en el Golfo de Tarento, Turios, cerca de Síbaris, y de Tarento, en Apulia.[25] Estas ciudades se unían así a los galos de la Cisalpina y a Capua. Por tanto, sólo latinos, etruscos y umbros se mantuvieron siempre fieles.

Paralelamente, Aníbal posó su mirada en Sicilia, isla que constituía su objetivo principal. El joven tirano de Siracusa, Jerónimo, abandonó la alianza romana y permitió a las tropas cartaginesas, al mando de Himilcón, desembarcar allí con 20.000 infantes, 3.000 jinetes y 12 elefantes en 214 a. C.[96] Las ciudades de Heraclea Minoa y de Agrigento, situadas ambas en Sicilia, aceptaron igualmente la alianza con los cartagineses. Hay que precisar que Aníbal tuvo la habilidad de proponer un sistema de alianza menos vinculante que el modelo romano, que permitía a los distintos pueblos mantener un conjunto de derechos. El modelo romano se tornaba excesivamente opresivo en materia económica y reducía la participación de los nativos en la administración pública.

Al contrario que los romanos, Aníbal se inspiró en el modelo griego, es decir, en el pensamiento de una ciudad homogénea que garantizaba la seguridad de sus aliados, a los que concedía una especie de libertad. Buscando la aceptación de su sistema, Aníbal escribió un discurso alabando la libertad de los griegos. Esta idea, defendida en su época por Antígono I Monóftalmos, debía proceder de Filipo V de Macedonia, con quien concluyó una alianza en 215 a. C.[12] Gracias a ello, el conquistador cartaginés hizo que a ojos de ciertos griegos de Sicilia y del sur de Italia (Magna Grecia), los romanos fueran vistos como bárbaros.

Cambio de situación

A partir de 212 a. C., Aníbal se vio envuelto en dificultades cada vez mayores. De hecho, a partir de 215 a. C., los romanos volvieron a emplear la estrategia de Fabio Cunctator y evitaron enfrentarse a Aníbal en batalla.[12] Mientras, los romanos aumentaron sus efectivos a través de una política de enrolamiento de esclavos y de jóvenes de menos de 17 años. Pero ante todo, los romanos comprendieron por primera vez hasta qué punto era necesario encaminar una ofensiva sobre el terreno político e ideológico. Bajo la dirección de un senador especializado en las letras griegas, Quinto Fabio Píctor, se escribió una historia de Roma antipúnica. En la obra de Píctor, Aníbal y los cartagineses son descritos como hombres indignos de confianza, impíos y crueles.[25] En contraste, se presenta a los romanos como hombres fieles a sus acuerdos, píos y tolerantes. De este modo se puso en marcha la definición de la «costumbre de los ancestros», el mos maiorum, que pasó a ser la norma moral de referencia a finales de la República de Roma.

En el terreno militar, los romanos, bajo la dirección de Marco Claudio Marcelo, reconquistaron Siracusa[12] en 212 a. C. y posteriormente Capua en 211 a. C.[32] tras dos asedios sucesivos. Una contraofensiva de Aníbal para retomar Capua en 211 a. C. fracasó,[23] así como una incursión de caballería sobre la misma Roma.[25] Los romanos lograron destruir un ejército cartaginés en Sicilia y, aliados con la Liga Etolia, pacificaron la isla a fin de contrarrestar a Filipo V, que trató de aprovecharse de la situación para conquistar Iliria. No obstante, atacado por varios frentes, el joven rey macedónico fue rápidamente neutralizado por Roma y sus aliados griegos.

En el año 210 a. C., Aníbal demostró de nuevo su superioridad táctica, e infligió una severa derrota al ejército proconsular de Cneo Fulvio Centumalo en Herdonia[23] (la actual Ordona, en Apulia) y destruyó en 208 a. C. una fuerza romana que estaba bloqueada en el sitio de Lokroi Epizephyrioi. Pero la pérdida de Tarento en 209 a. C., que fue reconquistada por Fabio Cunctator,[23] y la progresiva reconquista romana del Samnio y de Lucania (la actual Basilicata) — acentuada por una serie de victorias en Salapia (208 a. C.) y en Grumentum en 207 a. C. — le hicieron perder el control del sur de Italia. Aníbal regresó a Apulia en 207 a. C. y esperó a su hermano Asdrúbal Barca para marchar sobre Roma.[23]

Por esa época, los romanos trataron de contraatacar en Hispania dirigidos por el comandante Publio Cornelio Escipión y su hermano Cneo Cornelio Escipión Calvo (217 - 212 a. C.), pero sin lograr ningún éxito importante a excepción de la toma de Sagunto en el año 212 a. C. Estos dos generales murieron el mismo año y fueron reemplazados por Publio Cornelio Escipión, que conquistó Cartagena en una ofensiva relámpago en 209 a. C.[12] No obstante, Asdrúbal logró partir de Hispania con un ejército de socorro y llegó a Italia por vía terrestre. Pero el hermano de Aníbal caería muerto sobre los bancales del Metauro[32] en 207 a. C.,[29] víctima de una audaz maniobra estratégica del cónsul romano Cayo Claudio Nerón que, encargado de vigilar a Aníbal, se unió a su colega a fin de hacer frente a Asdrúbal.

Cuando tuvo noticias de la derrota y muerte de su hermano, Aníbal se retiró a Bruttium donde acantonó a su ejército durante los años que siguieron. La combinación de estos eventos marcó el final de los éxitos de Aníbal en Italia. En el año 206 a. C., finalizaron las hostilidades en Hispania y Sicilia en beneficio de los romanos, que se quedaron con dichos territorios.[29] Ese mismo año el segundo hermano de Aníbal, Magón, habiendo sido derrotado en Hispania, logró trasladar la guerra a Liguria.[12] Magón fue derrotado finalmente por Quintilio Varo y trató de unirse a su hermano con las tropas que le quedaban. En 205 a. C., los romanos reconquistaron el puerto de Lokroi Epizephyrioi, donde Aníbal esperaba en vano una flota de su aliado Filipo V pues, tras la derrota de este último a manos de los etolios (208 a. C.), la flota de Cartago concentraba sus esfuerzos en salvaguardar sus intereses comerciales en Hispania.



Busto de Escipión el Africano.


Batalla de Zama

Los romanos, dirigidos por Escipión el Africano, obtuvieron un importante éxito diplomático en 206 a. C., garantizándose los servicios del príncipe númida Masinisa,[12] antiguo aliado de Cartago en Hispania que había entrado en un conflicto personal con Sifax, un aliado númida de Cartago. En 204 a. C., los romanos desembarcaron en África del Norte con el objetivo de forzar a Aníbal a huir de Italia,[97] y trasladar el combate a sus propias tierras.
En 203 a. C., tras casi 15 años de combates en Italia, ahora que Escipión progresaba en tierras africanas y que los cartagineses eran favorables a la paz dirigida por Hannón el Grande, que trataba de negociar un armisticio con los romanos al tiempo que dificultaba el envío de refuerzos a Aníbal, este último fue llamado por el gobierno, que decidió dejar el mando de la guerra en manos de los Bárcidas Aníbal y Magón, muriendo este último en el viaje de regreso.[98] Tras dejar pruebas de su expedición en un grabado escrito en púnico y griego antiguo en el templo de Juno en Crotona, Aníbal partió hacia tierras africanas.[99] Los barcos desembarcaron en Leptis Minor (la actual Lamta) y Aníbal estableció, tras dos días de viaje,[3] sus cuarteles de invierno en Hadrumetum.[12] Su retorno reforzó la moral del ejército cartaginés, que colocó a la cabeza de una fuerza compuesta por los mercenarios que había enrolado en Italia y reclutas locales. En el año 202 a. C., Aníbal se reunió con Escipión a fin de tratar de negociar una paz con la República. A pesar de su admiración mutua, las negociaciones fracasaron debido a que los romanos echaron en cara a los cartagineses la ruptura del tratado firmado tras la Primera Guerra Púnica durante el ataque a Sagunto y el saqueo de una flota romana estacionada en el Golfo de Túnez. A pesar de todo, los romanos propusieron un tratado de paz que estipulaba que Cartago no mantendría más que sus territorios en África del Norte, que el reino de Masinisa sería independiente, que Cartago debía reducir el tamaño de su flota y pagar una indemnización. Los cartagineses, reforzados por el regreso de Aníbal y la llegada de suministros, rechazaron las condiciones.

La batalla decisiva del conflicto tuvo lugar en Zama, lugar de Numidia que se encuentra entre Constantina y Túnez, el 19 de octubre de 202 a. C.[29] A diferencia de la mayoría de las batallas que se libraron durante de la Segunda Guerra Púnica, los romanos disponían de mejor caballería que los cartagineses, quienes contaban con una infantería superior. La superioridad romana se debía a la cesión de caballería númida por parte de Masinisa. Aníbal, cuya salud se había deteriorado mucho debido a sus años de campaña en Italia, contaba todavía con la ventaja de 80 elefantes de guerra y 15.000 infantes veteranos de Italia, aunque el resto de su ejército estaba compuesto por mercenarios celtas o por ciudadanos cartagineses poco aguerridos. Aníbal trató de emplear la misma estrategia que utilizó en Cannas. Sin embargo, las tácticas romanas habían evolucionado tras 14 años, el intento de encierro fracasó, y los cartagineses fueron finalmente derrotados.[29]

Aníbal perdió en Zama cerca de 40.000 hombres[20] —en contraposición con los 1.500 de los romanos— y el respeto de su pueblo, que vio a su mejor general ser derrotado en la última y más importante batalla del conflicto. La ciudad púnica estaba obligada a firmar la paz con Roma y Escipión, que tras la guerra adoptó el apodo de El Africano.[86] El tratado estipulaba que la otrora mayor potencia mediterránea debía renunciar a su flota de guerra y a su ejército,[29] y que debía pagar un tributo durante 50 años.



Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567). Nótese que este grabado muestra el uso cartaginés de una fuerza de elefantes asiáticos, aunque los elefantes empleados por Aníbal procedían de África del Norte, y eran por tanto más pequeños.


Después de Zama

Carrera política

Obligado a firmar un tratado de paz con Roma en 201 a. C.,[29] que privaba a Cartago de su antiguo imperio, Aníbal, que entonces contaba con 46 años, decidió entrar a formar parte de la vida política cartaginesa dirigiendo el partido democrático.

La ciudad estaba dividida en dos importantes corrientes ideológicas. Primero, el partido democrático, que estaba dirigido por los Bárcidas, y comprometido a continuar con las conquistas en África a expensas de los númidas. El segundo movimiento político estaba basado en la oligarquía conservadora y en la búsqueda de una prosperidad económica basada en el comercio, los impuestos portuarios, y los tributos impuestos a las ciudades subordinadas a Cartago, y agrupado en torno a Hannón el Grande. Elegido sufete en 196 a. C.,[32] Aníbal restauró la autoridad y el poder del Estado, representando así una amenaza para los oligarcas,[12] que le acusaron de haber traicionado a su país al no tomar Roma cuando tuvo oportunidad.

Aníbal tomó una medida que lo alejó irremediablemente de los oligarcas. El viejo general legisló que la indemnización impuesta a Cartago por Roma tras la guerra no debía proceder del tesoro, sino de los oligarcas a través de impuestos extraordinarios.[25] Los oligarcas no intervenieron directamente contra el sufete sino que, siete años después de la derrota de Zama, realizaron un llamamiento a los romanos[12] que, alarmados por la nueva prosperidad de Cartago, exigieron la entrega de Aníbal con el pretexto de una relación epistolar de este último con Antíoco III.[100] Aníbal decidió voluntariamente exiliarse[17] en 195 a. C.

Exilio en Asia

Aníbal comenzó su viaje por Tiro (ciudad del actual Líbano), la ciudad fundadora de Cartago. Posteriormente se dirigió a Éfeso, donde fue recibido con honores militares por el rey Antíoco III Megas de Siria,[20] [32] que se preparaba para la guerra contra Roma.[23] Aníbal se percató rápidamente de que el ejército sirio no podía rivalizar con el ejército romano. Entonces, el antiguo general cartaginés aconsejó al rey equipar una flota y un cuerpo de tropas terrestres en el sur de Italia, y le ofreció detentar el mando. Pero no consiguió que el soberano le confiara un puesto importante, debido, según Apiano, a los celos y envidia de sus cortesanos y generales, que temían que el púnico se llevara toda la gloria de la victoria.[101]

En 190 a. C., Aníbal dirigió una flota fenicia, pero, poco cómodo en el combate naval, fue vencido en el río Eurimedonte por los romanos y sus aliados rodios.[25] [20] Temiendo ser entregado a estos últimos al término del acuerdo de paz que firmó Antíoco III, Aníbal huyó de la corte y el recorrido que siguió es bastante incierto.

Se piensa sin embargo que visitó Creta,[102] mientras que Plutarco y Estrabón dan a entender que se dirigió al Reino de Armenia,[23] y se presentó ante el rey Artaxias, quien le asignó la planificación y la supervisión de la construcción de la capital Artaxata (actual Artashat). Pronto de vuelta en Asia Menor, Aníbal buscó refugio junto a Prusias I de Bitinia, quien estaba en guerra con un aliado de Roma, el rey Eumenes II de Pérgamo.

«Soberano helenístico»

Aníbal se puso al servicio de Prusias I durante esta guerra.[102] Una de sus victorias fue a costa de Eumenes II en el mar. Se ha dicho que fue uno de los primeros en usar la guerra biológica: lanzó calderos llenos de serpientes a los barcos enemigos.[103]

Otro de sus talentos militares fue la probable fundación de la ciudad de Prusa (actual Bursa en Turquía) a petición del rey Prusias I. Esta fundación, junto con la de Artaxata en Armenia, elevaría a Aníbal al rango de «soberano helenístico». Una profecía que se difundió en el mundo griego entre 185 y 180 a. C. evocaba a un rey llegado de Asia para hacer pagar a los romanos la sumisión que habían impuesto a griegos y macedonios. Muchos se empeñaron en pensar que este texto hacía referencia a Aníbal. Es por esto por lo que el cartaginés, de origen bárbaro a ojos de los griegos, se integró perfectamente en el mundo helenístico.[45] Los romanos no podían ignorar esta amenaza, y poco después enviaron una embajada a Prusias.
Para este último, Aníbal se convirtió en un incómodo invitado y el rey bitinio decidió traicionar a su huésped[17] que residía en Libisa, en la costa oriental del Mar de Mármara. Bajo la amenaza de ser entregado al embajador romano Tito Quincio Flaminino, Aníbal decidió suicidarse en el invierno de 183 a. C.[4] [29] empleando un veneno[32] que, según se dice, llevó durante mucho tiempo en un anillo.[12] [20] A pesar de todo, no está del todo claro cuál fue el año exacto de su muerte.[4] Si, tal como Tito Livio sugiere,[25] Aníbal murió en 183 a. C., el mismo año que su gran enemigo, Escipión el Africano, el viejo general cartaginés contaría con 63 años.

Inhumación

Aurelio Víctor escribe que su cuerpo reposa en un ataúd de piedra, sobre el que es visible la inscripción: Aquí se esconde Aníbal.[20]

Entre los sitios barajados para albergar la tumba de Aníbal figura una pequeña colina cubierta de numerosos cipreses y situada en unas ruinas ubicadas cerca de Diliskelesi, lo que hoy en día es una zona industrial cerca de la ciudad turca de Libisa[104] (actual Gebze) en Kocaeli. Considerada la tumba del general, fue restaurada en el año 200 por el emperador Septimio Severo,[29] originario de Leptis Magna (actual Libia), que ordenó cubrir la tumba con una losa de mármol blanco. El lugar está hoy en ruinas. Excavaciones efectuadas en 1906 por expertos arqueólogos, entre ellos Theodor Wiegand, han revelado pruebas que hacen que estos últimos sean escépticos en cuanto a la ubicación real de la tumba.

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